Saturday, February 24, 2018

EL FUNDO "EL MILAGRO" TIENE EL ÚNICO PUENTE TECHADO DE CHILE, A SÓLO 37 KMS. DE PENCO

Hermosa perspectiva de las casas patronales del fundo "El Milagro", hoy parcialmente abandonado y desconectado.
          El fundo “El Milagro”, ubicado en el kilómetro 37 de la ruta del Itata, una distancia equivalente desde Penco, está metido entre los cerros y los lomajes del secano costero. Produce vino en pequeña escala de la cepa “Burdeos”, aunque en otro tiempo produjo mucho más. La otra opción económica del predio es la actividad forestal. La propiedad es de descendientes de la familia Müller, cuyo patriarca llegó a la zona como ingeniero del proyecto del ferrocarril, que allá por 1910 era una gran esperanza para la zona. Este se interesó por el fundo y, seguramente por el precio conveniente, menos de 40 mil pesos de la época, lo adquirió y se quedó a vivir.     
El puente techado sobre el estero "El Milagro" es propiedad del fundo.
       Mucha gente de Penco, de hoy en día, desciende de ex trabajadores del fundo que emigraron atraídos por el desarrollo fabril de la comuna. En ese sentido el siglo XX fue de migraciones campo-ciudad, hecho del que Penco no estuvo ausente.
           Los dueños del fundo “El Milagro” construyeron las casas, seguramente complementando otras anteriores. Por tanto la arquitectura es variada y trabajada en desniveles con el empleo del concepto de arco. Algunas de sus rejas de balcones y ventanas fueron hechas en fragua. Lo que hay allí habla de una época esplendorosa del fundo, aunque ahora muy venida a menos por el abandono y el paso del tiempo.
Medio de transporte rápido, para cuatro 4 pasajeros. El vehículo era tirado por 4 caballos hoy es reliquia del fundo.
         La distribución es así: las casas patronales con sus respectivas construcciones de apoyo como cochera, cocina, servicio, jardines están al borde de un estero, el que separa el sector de viviendas que hemos descrito, de aquel donde se levanta la bodega. Lo más curioso es el puente de madera que conecta a ambas unidades de construcciones. Tiene techo. Debe ser el único puente de Chile dotado de semejante protección, dispuesta en dos aguas. Aunque es propiedad privada, el enlace techado –sin duda centenario– en el pasado prestó servicio púbico uniendo el camino que lleva a Florida por un lado y a Ránquil y Ñipas por el otro lado.
La bodega del fundo "El Milagro", situada al otro lado del estero del mismo nombre.
          Nos dicen que el fundo sufrió expolio durante la construcción de la ruta del Itata y que el trazado, a unos cien metros de las casas es fuente de ruido las 24 horas por el paso de vehículos. A pesar de la gran cercanía física, no hay conectividad para vehículos, por lo que el acceso sólo es posible por Ránquil, por Florida o por Queime. Hay un sendero para acceder a la súper carretera, pero la indisciplina de conductores la ha convertido en un basural. Así, el bello fundo “El Milagro” está tan desconectado de las grandes ciudades y del turismo exactamente como hace cien años.
El autor de esta crónica junto al cuidador del fundo y nuestro guía, don Adolfo Villarroel.

Friday, February 23, 2018

LAS LETRAS QUE NOS RECUERDAN A PENCO DEL SIGLO XX

           





Gracias a una gestión realizada por la Sociedad de Historia de Penco (SHP) con la Municipalidad local y la coordinación con la empresa constructora de entonces, fue posible la recuperación de un set completo de baldosas con letras, de los cuatro que estaban desplegados en las diagonales peatonales interiores de la antigua plaza. 

Jaime Robles, presidente de la SHP informó que ese trabajo se realizó con el mayor cuidado para no dañar el material de interés histórico, dado las delicadas condiciones en que se encontraba. Las letras que se consiguieron fueron las que estaban en mejor estado de conservación. 

Por último, Robles dijo que aún no está especificado el lugar donde se reinstalará el set recuperado dentro del nuevo contexto del paseo público remodelado de Penco. En el inter tanto las baldosas, una auténtica reliquia gráfica de la primera mitad del siglo XX, están en custodia.

A continuación de este post, presentamos un relato sobre lo que fue la presencia de esa gráfica en la plaza pencona. Lamentamos no saber quién fue su autor, pero suponemos que pudo ser alguien que trabajaba en la sección decorado de la antigua Fanaloza, donde laboraban artistas de buen nivel y de trayectoria en el ámbito de la expresión visual.



Las fotos que se incluyen en esta nota fueron despachadas a nuestro blog por Jaime Robles Rivera.

Monday, February 12, 2018

GRÁFICA PENCONA DE LOS AÑOS 30 FUE VANGUARDISTA Y ÚNICA

  
          El inventor pencón de estas letras, en la década de 1930, debió proponerse una estética que rompiera el molde clásico de las fuentes de caracteres y se lanzó a crear esos tipos “locos” con el aspecto de estar semi despegados de su soporte que, por tanto, proyectaran sombras. Tal vez sin quererlo inventó letras corpóreas y, en consecuencia, echó las bases de una temprana línea imitativa del 3-D en la gráfica de la comuna. Esos caracteres resultaron ser, a la postre, originales de Penco. No están en otra parte, son únicos.
          Las letras a las que nos referimos ilustraron por décadas las veredas interiores de la antigua plaza pencona: “I. Municipalidad de Penco 1938-1941”. A muchos les transmitían la idea de estar achicharradas por el sol y que, por eso los caracteres se habían desprendido de las baldosas, tal fue la fantasía de quien las creó.
         Decenas de miles de pencones a lo largo del tiempo  vieron esos caracteres en su paso por aquellas veredas, de día o de noche, invierno o verano, con lluvia o sin ella. Nuestros padres y abuelos se contaron entre quienes las leyeron en sus caminatas por la plaza, quizá por eso las letras resultaron ser tan nuestras. Los jardineros quienes tuvieron la responsabilidad de mantener ese espacio público, barrieron centenares de veces las mentadas baldosas retirando hojas; y seguramente, hasta el mar pudo llegar hasta ellas y cubrirlas en parte con sus agitadas olas durante el maremoto de 1960. Inclemencias extremas del tiempo climático, la fuerza telúrica, pies con zapatos, pies con ojotas o pies descalzos pasaron sobre ellas sin desdibujarlas ni borrar su escueto mensaje.
        Al igual que en Santiago, donde confirieron el título de monumento nacional a letreros publicitarios emblemáticos como Champaña Valdivieso o Calcetines Monarch de la avenida Bustamente, en Penco los caracteres de su antigua plaza podrían también ser monumentos locales, si tal categoría existiera.
Foto de Wikipedia.
        Ese estilo vanguardista en la gráfica fue copiado y aplicado, por ejemplo, sobre los terciados de los tambores de la banda de guerra de los scouts de la “Armando Legrand” y en los terciados de sus banderas y emblemas. Escrita en esos soportes de cuero la palabra Penco en caracteres negros sobre fondo blanco se leía de lejos en los desfiles en la ciudad o fuera de ella. Las letras usadas en esa indumentaria scout eran muy parecidas a las de la plaza, influencia estilística nada más.
        Por último, y sobre el letrero del paseo público pencón, vaya nuestro tardío reconocimiento a su anónimo creador, también a quien visó en la municipalidad su propuesta rupturista de identidad gráfica y a los desconocidos trabajadores que tuvieron la paciencia cariñosa de instalarlas en la vereda y después, a quienes las mantuvieron.  

Friday, February 09, 2018

EL MERCADO PENQUISTA DONDE PASEABAN LOS PENCONES

La bullente vida del ex mercado central de Concepción.

          El incendio del mercado de Concepción, ocurrido en abril de 2013, que fue un impacto doloroso para los penquistas, también afectó a la gente de Penco acostumbrada a visitar ese pintoresco recinto para hacer sus compras o para comer algunas de las especialidades reconocidas en el país: los mariscales, las cazuelas o los reponedores caldos de cabeza, por ejemplo. Cinco años después de ocurrido el siniestro la comunidad sigue en veremos.
          Ese mercado, con su excelente ubicación en el centro de la ciudad, recibía la visita de miles de clientes, afuerinos curiosos y turistas. Pasar por el sector de las cocinerías era terminar sentado a una mesa comiendo algún platillo, persuadidos por las insoslayables ofertas de las vendedoras que salían a los pasillos a captar clientes. En las  carnicerías se vendían los mejores cortes a elección; las rotiserías exhibían una variedad de sabrosos quesos de la zona (recuerdo el queso Puffe, por ejemplo); en las pescaderías se fileteaban las merluzas llegadas directamente de Talcahuano; a su vez las frutas y hortalizas eran el orgullo de los comerciantes del rubro.
Por años el ex mercado ha lucido su esqueleto de ballena en pleno centro.

          En el mercado penquista se podían encontrar los más exóticos frutos de los bosques de la zona. Inigualables eran las nalcas de Lebu, los digüeñes y las pinatras, los chupones, los queules, el maqui, el fruto del copihue, la murtilla, las moras, etc. Allí la gente de campo tenía espacio para vender ese tipo de productos provenientes de fuera de la línea tradicional de la economía y ganar algún dinero. Eso, que se reunía allí, se perdió a causa del incendio y por la desafección de las autoridades; hoy sólo es posible hallarlo en forma dispersa.
          El incendio fue una enorme pérdida material, cultural y afectiva para la zona. Los pencones guardan incontables recuerdos, en particular los niños quienes en los días de invierno saltaban de felicidad cuando un viaje a Concepción era pretexto para pasar allí a comer un plato de picarones. En ese sentido, era lugar para paseos familiares.
Vista interior de lo que quedó.

         El mercado de Conce, del que estamos hablando, fue construido en 1940 y entre sus arquitectos estaba el húngaro Tibor Weiner, un aventajado cultor del Bauhaus. Su historia personal narraba que huyó de la persecución nazi por lo que llegó a Chile en el vapor Winnipeg, aquel que Pablo Neruda puso a disposición de refugiados de la guerra civil española. En la línea de su construcción seguramente gravitó la terrible experiencia del terremoto de 1939. Se buscaba entonces --y se busca todavía-- alguna fórmula conveniente que evite el colapso de un inmueble de grandes dimensiones sometido a la fuerza sísmica. El aspecto de un hangar daba esas seguridades. Lo que vino después lo construyó la cultura popular.
Aspecto del ex mercado por la calle Rengo.

          Los pencones mayores no olvidarán que el servicio de transporte a nuestra ciudad, que se iniciaba en la plaza España, frente a la estación, seguía por la calle Maipú y tenía un paradero junto a la vereda de ese clásico centro de comercio. Allí la gente tomaba las micros para regresar a Penco con las compras del día y las novedades y los infaltables comentarios de lo visto y oído en el mercado de Conce.
Otra imagen del interior del mercado tomada de nuestro archivo.

COMENTARIO:
Hola Nelson. Recién leí tu blog del mercado de Concepción. Ayer recorrí el Mercado Agrícola de Montevideo, y mira como es la telepatía, me hizo recordar el mercado de Concepción. Bajo una estructura abandonada, se armó una moderna distribución de locales comerciales, que, sin embargo, hacen un conjunto armonioso con la identidad local. Un modelo a seguir para recuperar el espacio patrimonial penquista. Un abrazo. Jaime Robles, presidente de la Sociedad de Historia de Penco desde Uruguay. (Se agregan fotos).

Tuesday, February 06, 2018

UNA ACTIVIDAD DE FANALOZA QUE PUDO SER BUEN REMEDIO PARA EL ESTRÉS

A la izquierda, el edificio de la administración y más a la derecha,  parte de los muros donde se destruía la loza no comercial. Nada de lo de esta imagen existe hoy. (Foto de Andrés Urrutia Riquelme, 2011.)


          La palabra estrés en Penco no se conocía, pero sí su manifestación. Se decía que fulano de tal “estaba enfermo de los nervios”. Y las causas eran las mismas de hoy en día: deudas, problemas familiares, urgencias, preparar exámenes o falta de recursos. Los afectados padecían de ansiedad, irritabilidad, insomnio. El mal era como si dentro de cada cual hubiera una fuerza enorme haciendo presión para estallar por cualquier lado. Difícil de tratar atendiendo a sus causas, así era la enfermedad de los nervios. La curiosidad de esta historia que viene al caso era que había una conexión, muy sutil, entre este síndrome y la industria locera pencona. Veamos.
          En las dependencias de Fanaloza que se demolieron después del terremoto del 27 f en la calle Infante entre Freire y Cochrane, estaba la sección decorado donde laboraban conocidos artistas pencones. Baste nombrar a Heriberto Ramos, Hugo Pereira, “el patilla” Urrutia, entre otros. Por la fineza del trabajo a mano alzada, los errores que se cometían eran muchos. Por tanto, había que descartar aquellas piezas de loza. Con el paso de los días eran cientos y miles las tazas y platos que no pasaban la prueba de calidad para ir a la venta. Por tanto se iban amontonando en una bodega cuyo muro corta fuego daba a la calle Infante. El material de desecho acumulado lo retiraban camiones que iban a botarlo a cualquier parte.
          Sin embargo, esa loza “mala” antes de ir a la basura debía ser destruida. Para cumplir ese propósito la jefatura destinaba obreros no especializados para que quebraran los productos con fallas: platos, tazas, ceniceros, floreros, biscochos... ¿Cómo se las arreglaban estos trabajadores para hacer pedazo tanta loza? Pues, la iban arrojando violentamente contra el muro que daba a calle Infante. El boche de la quebrazón se oía por horas de horas. Sonaba como si una vajilla interminable se estuviera haciendo añicos.
          Había gente en Penco que decía, medio en serio medio en broma, que esta actividad era buena para la salud, relajaba y que servía para combatir el estrés. Quienes lanzaban los platos con fuerza contra el frontón  decían los vecinos buenos para hacer este tipo de análisis podían imaginar que se los estaban lanzando a su peor enemigo, al almacenero usurero de su barrio, al jefe, al chofer de la micro, al árbitro, al sinvergüenza tal o cual, al "patas negras" y a quien usted, lector, quisiera agregar a aquella lista despreciable y aborrecible. Nada mejor para un enrabiado obrero, enfermo de los nervios, que ser destinado a esta función demoledora.

Tuesday, January 09, 2018

LUGARES Y OCASIONES QUE CONGREGABAN A LA COMUNIDAD PENCONA

    
Una actividad cultural, un concurso de cuecas, en el estadio de la Refinería. (Foto tomada del Libro de Oro de la Historia de  Penco, de V.H. Figueroa).
      Había motivos para que la comunidad se reuniera. Una suerte de auto convocatoria: ahí estaban los de siempre, las mismas caras, ninguna desconocida. Eso sí, unos podían ser más conspicuos; otros, humildes; algunos alcanzaban el rango de personajes, los menos iban con su ropa desaliñada. La comunidad los incluía como a miembros de una familia numerosa. Al fin,  todos respirábamos el mismo aire o dormíamos bajo el mismo cielo. ¿Cuáles eran esas reuniones?
         En verano, dominaba la playa. Media población de Penco se repartía desde la desembocadura del Andalién hasta La Cata.  Las playas entre ambos puntos eran aprovechadas a más no poder. En aquellos espacios abiertos se oía música de distinto género y procedencia. Se desplegaban toldillas multicolores y mujeres bellas se relajaban dorándose en la arena, una auténtica fiesta de temporada.
        Otro punto de convocatoria fue la estación por la siempre atractiva pasada de los trenes de pasajeros. Muchas caras que mirar, muchos amigos que saludar y tanta gente que recibir o despedir. La mayor novedad la aportaba el “chillanejo” o “ramal” el que desde Rucapequén bajaba hacia la costa con personas que abordaban en los más escondidos paraderos intermedios. En Penco sin que fuera la estación terminal era donde bajaba la mayor cantidad de viajeros, unos llegaban contentos, otros exhaustos. El convoy proseguía con sus vagones casi vacíos a su destino en Concepción para reiniciar el recorrido en sentido contrario al día siguiente a primera hora. La estación pencona estuvo bien concurrida de público cada noche a las 9 así lloviera o tronara.
        La plaza concentraba gente por sí sola en las tardes y en las noches de primavera. La salida de las novenas de la parroquia local durante noviembre era el inicio de caminatas interminables por las amplias vías peatonales que rodeaban el centro coronado por una pileta. Era dar vueltas y vueltas a paso quieto. Allí se encontraban los amigos, los jóvenes, los viejos, los parientes. Era la oportunidad para integrarse a grupos de conversación. Las niñas penconas se lucían caminando juntas por ahí.
       El estadio de la Refinería en domingo de clásicos (Coquimbo CRAV-Fanaloza) congregaba a centenares de aficionados los que se distribuían en sus galerías que a modo de herradura rodeaban la cancha. Sin contar los que se apretujaban en los altos de la esquina de las calles O’Higgins con Membrillar. Desde el ángulo de esa elevación se veían tres tercios del campo de juego y se escuchaban los gritos de gol o las rechiflas y las protestas contra los malos arbitrajes. Los partidos se desarrollaban en ese recinto vecino de la fábrica la que no detenía  su producción bufando y rechinando.
       Los mismos protagonistas de las citas enunciadas más arriba curiosamente se volvían a encontrar, por ejemplo, en los cerros ya fuera buscando murtillas o en paseos de otoño. En los estrechos recovecos del fundo Coihueco se juntaban para recolectar las moras tardías del verano con las que se hacían mermeladas. En parte, así interactuaba socialmente la comunidad pencona allá por los años 50'.   

Sunday, December 31, 2017

SABROSOS DESAYUNOS PARA SCOUTS DONDE LOS SUÁREZ BRAUN

Scouts de la "Legrand" en desfile matinal  (1955). Foto tomada del calendario municipal de Penco y editada para el propósito de esta crónica. 
   Ocurría con frecuencia para los 21 de mayo y para los 18 de septiembre. Después de desfilar con la formación scout desde las primeras horas, a las 10 de la mañana el estómago ya no daba más de hambre, de decaimiento. Los retortijones de tripas resultaban inaguantables. Porque para salir temprano y a la carrera para marchar, uno olvidaba el desayuno recomendado. El deber estaba primero. Sin embargo, la brigada “Armando Legrand” (después la brigada pasó a llamarse grupo) tenía buenos padrinos y madrinas en el Rotary Club local que además, era gente intuitiva, colaboradora, entusiasta y querendona. Por eso, las penurias de marchar “con la guata pelá” tenían una sabrosa solución en dichas ocasiones. El presidente del Rotary fue por algunos años el doctor Emilio Suárez, quien calculaba con pleno conocimiento y sentido común que a las 10 de la mañana los muchachos y niños de la “Legrand” estarían desfallecientes. Por su iniciativa y la amorosa colaboración de su señora (Inés Braun) la familia ofrecía un contundente desayuno a la hora mencionada. Y no éramos pocos, quizá unas sesenta bocas hambrientas.
          Desglosemos a la “Legrand” al momento de ese desayuno. Comencemos por la banda de guerra: un guaripola, seis tambores, diez flautines y sus trompetas, un ejecutor del bombo y uno de platillos. (Corresponde mencionar aquí al trompetista Monroy por su conocimiento de marchas: “San Lorenzo”,  “Yungay”, “Penachos Rojos”. Durante los desfiles Monroy gritaba el nombre de la melodía que había que tocar a continuación cuando la que estaba en curso terminaba: “¡San Lorenzoooooooo!” Y se iniciaba esa marcha al instante).
          Más atrás en la formación venían el abanderado y sus dos escoltas, seguidos de la jefatura, integrada por tres personas. Después, un grupo de seis “rovers”. Y de ahí hacia el final, la tropa: Tres patrullas de seis miembros cada una, tres manadas de lobatos de cuatro cada una y finalmente dos scouts corpulentos de retaguardia con botiquines para emergencias.
          Cumplidas las obligaciones del desfile de calle, la formación se dirigía a una recepción matinal en la casa del doctor Suárez en la calle Penco 290  la que se realizaba en un amplio patio interior. Allí terminaban las penurias. Antes de “atacar” directo a las cosas para comer, la tropa seguía las rutinas de saludo a los dueños de casa encabezados por el doctor y la señora Inés. Una breve serenata de la banda antecedía al desayuno. La jefatura agradecía el gesto y solicitaba el permiso correspondiente. El doctor asentía con la cabeza. Mesas instaladas a cielo abierto aguardaban con grandes vasos de vidrio con leche con plátano, tazas de café, chocolate caliente, sándwiches con pan especial preparados por la señora Inés, Clarita y la señorita Flora, y deliciosos kuchen de manzanas elaborados siguiendo la receta de la dueña de casa. Era un festín.
           Los scouts en ayunas gozábamos de todas esas exquisiteces y golosinas brindadas con cariño, pero no imaginábamos la producción y el trabajo que significaba atender a tanta gente. Los organizadores conseguían en calidad de préstamo el equivalente de sesenta vasos de vidrio en la cristalería Skiavi en Concepción, gracias a los buenos oficios de su gerente don Lautaro Olavarría, quien era hermano de don Óscar Olavarría, conocido vecino de Penco. La señora Inés Braun, a su vez encargaba a don Armando Jofré, de la panadería, hallullas especiales para la preparación de los sándwiches que se servirían esa mañana a los scouts de la “Legrand”.
            Finalizado el desayuno, la jefatura disponía que la tropa expresara su agradecimiento por el agasajo. Los niños y los jóvenes cantaban temas escautivos, daban gritos guiados por patrulla y Monroy levantaba su trompeta para un toque de campaña. Los dueños de casa respondían con sonrisas y aplaudían también. ¡Cómo olvidar tan ricos desayunos!