Friday, May 26, 2017

HA PARTIDO MARÍA ORTIZ UNA RECORDADA Y QUERIDA VECINA DE PENCO

María Ortiz Montoya en la década de 1950.
A los 96 años ha dejado de existir este viernes 26 de mayo de 2017 la señora María Ortiz Montoya, una conocida vecina de Penco, dirigente social, ex catequista, una de las fundadoras de la Falange pencona, mujer ejemplar y afectuosa. Fue una suerte haberla conocido y disfrutar de sus innumerables y amenas conversaciones.
Si hay que mencionar a una vecina abnegada en Penco, ella fue María Ortiz. Quienes la conocimos sabemos que dedicó los mejores momentos de su vida a cuidar a sus hermanos dependientes: Regino, Carmelo y Juanita. Pareció que ella nació para cumplir ese papel y así lo aceptó sin protestar. Por el contrario, el carácter jovial y la personalidad firme fueron su impronta hasta cuando la avanzada edad la relegó a su cama hasta el día de su partida. Fue una persona modelo de servicio a su familia, a sus vecinos, que jamás perdió el aplomo, ni en las peores circunstancias. Recuerdo, por ejemplo, que durante el terremoto del 22 de mayo de 1960, cuando todos los vecinos estábamos sufriendo el sismo en plena calle, ella concibió la idea de tomarnos de las manos y formar una ronda para soportar mejor de ese modo la angustia del movimiento telúrico que parecía no terminar nunca. El hecho de estar tomados de las manos nos ayudaba a no caernos, mientras la tierra agitada se sacudía y ondulaba caprichosamente bajo nuestros pies. Y allí estaba María, con nosotros, sin perder compostura, cálida, confiada, rezando en voz alta a la Virgen para que nosotros la siguiéramos en su letanía. En esa terrible circunstancia no la vi desesperada, ni angustiada. A los niños nos miraba seria, humilde y serena mientras musitaba sus plegarias. Nosotros buscábamos sus ojos, su mirada maternal, y hallábamos en ella la paz en la tormenta para esos interminables momentos de temor y horror.
María Ortiz.
Fue una mujer entretenida, contaba historias simpáticas, alegres. Si María estaba en la reunión de vecinos nadie se aburría. Era educada, fina, prudente, respetuosa. En mis primeros pasos como reportero, la entrevisté con grabadora. Me respondió bien, segura, animada y sonriente. El detalle de lo que entonces me dijo se perdió en el tiempo, pero rescato sus buenas palabras, su entusiasmo para colaborar en mis prácticas.  Ella fue una devota católica, seguidora de la Virgen María. En la iglesia hizo clases de catecismo. En las tradicionales procesiones de Penco,  cumplía todo el circuito por las calles penconas caminando descalza, tal era compromiso con su fe profunda. Siempre decía que no le preocupaba qué iba a hacer mañana. Eso el Señor lo sabe, comentaba con una sonrisa. Personas de su vecindario la recuerdan por ser ella muy comunicativa, que pronunciaba bonitos dichos del diario vivir. Reconocen en ella su enorme sentido solidario, compartía penas y alegrías.
En el ámbito político María perteneció siempre fiel a la Democracia Cristiana. Quienes la conocieron afirman que fue una de las dirigentes fundadoras de la Falange en Penco. Destacó como integrante de directivas de juntas de vecinos. Sin embargo, en el ámbito público ella nunca recibió reconocimientos a pesar de tener su corazón y su acción puestos en el bienestar de los demás.
María Ortiz no era originaria de Penco. Con su familia provenía de Santa Fe, en la provincia de Biobío. En los primeros años aquí, los Ortiz vivieron en una casa de calle Maipú entre Las Heras y Freire para después mudarse a la población de Freire y Alcázar. Su padre fue don Pedro Ortiz y su madre, la señora Elisa Montoya. Fueron ocho hermanos: Regino, Baldomero, Victorino, Saturnino, Carmelo, Inés, María y Juanita. María se casó siendo una mujer joven, pero su matrimonio no alcanzó a durar un año. Regresó al hogar materno convencida que su papel en la vida tenía otro destino. Consciente de la preocupación de su madre por el futuro de tres de los hermanos mencionados más arriba,
Una foto de María en un cumpleaños reciente. 
ella le dijo: “no se preocupe usted, que yo he vuelto para hacerme cargo de ellos y cuidarlos con esmero hasta el último día.” Así lo hizo cumpliendo de este modo fielmente la promesa que le hiciera a doña Elisa. Recuerdo su mirada franca y su sentido optimista de la vida. Es una enorme pena saber que haya partido, pero una alegría sin límites la experiencia de haberla conocido.

Sus funerales se efectuarán este domingo 28 de mayo, luego de una misa que se oficiará a las 14:30 horas en la parroquia de Penco.
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Agradezco las fotos cedidas por Andrés Urrutia y datos biográficos compartidos por las hermanas Anita, Elianita y Norita Riquelme Araneda.


EL TÚNEL QUE RESOLVIÓ LA BARRERA INFRANQUEABLE DE PUNTA DE PARRA

El túnel de Punta de Parra y la recreación de la línea férrea.
Los ingenieros sabían que el único escollo para extender la línea del tren de Penco a Tomé –y más allá-- era Punta de Parra lugar donde un acantilado interrumpía el suave nivel de la línea de la costa. Esa roca granítica cortaba la proyección natural de la playa como un muro. Para un viaje a pie había que remontar el cerro y dejarse caer al otro lado. Otra opción para llegar a la playa vecina era hacerlo en bote. Pero, ninguna de las dos alternativas era válida para el tren. Los ingenieros, por lo general, no comentaban sus planes en público. Así que en Penco, lo que se sabía era por boca de los carrilanos, obreros encargados de construir el talud para tender las vías. Ellos escuchaban a sus jefes en las faenas y lo repetían en las cantinas. Estos trabajadores de pala y picota, en su simpleza, contaban a la gente curiosa y respondían sus preguntas. Decían que había que hacer un corte en la roca viva de Punta de Parra o perforar un túnel. A medida que pasaba el tiempo, los pencones y los lirqueninos por este lado y los tomecinos por el otro apostaban porque finalmente se horadaría un agujero para la pasada del futuro tren. En Chile, país de montañas y cerros, decían, estamos acostumbrados a hacer túneles y citaban los pasadizos subterráneos que ya funcionaban con eficiencia en toda nuestra geografía. Los pencones ansiosos esperaban que por fin se hiciera el famoso túnel para ir a Tomé en forma más rápida y para tener esa sensación de cruzar un trozo de línea bajo el cerro. No faltaban quienes sentían miedo anticipado y se juramentaban que nunca intentarían ir por ese medio. Tales pudieron ser los temas de conversación de nuestros abuelos en Penco en los comienzos del siglo XX.
Los primeros cálculos indicaron el número tentativo de tiros de dinamita que habría que efectuar para vencer la roca y abrir el paso. También se estimó, con bastante precisión que el futuro pasadizo tendría una longitud entre 250 y 300 metros. Como Punta de Parra tiene la forma de un ángulo agudo de tierra entrando en el mar, para poder seguir la línea de la costa, el túnel tendría que ser curvo. Esta condición haría que una vez ingresado en él no se vería ni la salida ni la entrada, o sea, obscuridad absoluta. Tal resultó ser finalmente su característica.
Suponemos que cuando comenzó su construcción la perforación debió iniciarse por ambos lados, de modo que las cuadrillas deberían encontrarse exactamente en el centro. Mientras éstas avanzaban, trabajadores especializados revestían con piedras y mortero la bóveda y otros construían las canaletas de drenaje. La ingeniería seguía sus protocolos desarrollados y aprendidos en anteriores proyectos de este tipo.
Entre tanto, en Penco y en Lirquén el vecindario seguía alerta a los avances de esos trabajos preguntándose cuándo pasaría el primer tren a Tomé. El tramo de unos 18 kilómetros entre ambas ciudades prometía continuar a Chillán. Este proyecto ferroviario del estado debió generar muchas expectativas por la promesa de una conexión directa de Penco con la capital de Ñuble y todo el desarrollo económico que generaría. Sin embargo, fueron precisamente las expectativas las que desencadenaron pugnas de intereses que entre tiras y aflojas obligaron a modificar el trazado original de la línea ideado por los ingenieros. Fueron esas discusiones soterradas las que dejaron fuera del ferrocarril a Rafael, San Ignacio y Ránquil. En esta última localidad quedaron con los crespos hechos esperando el tren que nunca llegó. Para ellos no hubo una explicación satisfactoria. Así, la estación correspondiente se edificó en Ñipas en 1911. Sin más, la línea tampoco pasó por Rafael como se había planificado, sino por Magdalena; excluyó además a San Ignacio. Fue un balde de agua fría. Hubo muchos propietarios de terrenos que con frustración comentaron “en todas partes se cuecen habas”.
Ñipas despojó a Ránquil del derecho a línea ferroviaria a comienzos del siglo XX. Hoy le queda sólo la estación.
El túnel de Punta de Parra fue finalmente inaugurado en 1914. Los trabajos quedaron excelentes, tanto así que más de cien años después sigue ahí. Sólo que ya hace tiempo los rieles fueron retirados y quedó sin mantenimiento. Este último aspecto se nota, expertos en prevención de riesgos han indicado que se advierten fisuras en el revestimiento, sin duda, por efecto de los terremotos.
Apelamos a nuestra imaginación y a la capacidad de extrapolar para formamos una idea de cómo pudo ser la pasada por Penco del primer tren de pasajeros proveniente de Chillán. Tanta gente vestida con sus mejores tenidas en este viaje inaugural. Cuántos comerciantes al menudeo trayendo productos de los campos. Y en lo que al servicio de carga se refiere, el ferrocarril dio un gran impulso a la economía de la zona.
Penco ya no fue el mismo a partir de 1916 cuando el tren llegó a Tomé. En 40 minutos se podía ir entre ambos puntos. La unión con Ñuble se produjo poco después. Los túneles fueron la solución a las barreras de cerros para la extensión del ramal Concepción-Chillán. Y, visto desde Penco, Punta de Parra dejó de ser el muro infranqueable gracias al túnel que permitió el enlace ferroviario y que hoy está abandonado.
Una fantasía recreada de un tren saliendo del túnel de Punta de Parra.

Sunday, May 21, 2017

"MARÍA DEL RÍO" DE CRAV FUE EL GRAN EQUIPO DEL BÁSQUETBOL FEMENINO DE PENCO

EQUIPO MARÍA DEL RÍO 1965: de izquierda a derecha aparecen en esta foto Rosa Cartes, Ema Figueroa, Estela Vergara, Amalia Villegas, Juanita Figueroa, Isabel Navarrete, Sofía Zambra y Encarnación Rodríguez.
En 1965 el equipo de básquetbol femenino dependiente de la Refinería, el "María del Río" , tuvo una excelente actuación en el torneo penquista. El quinteto lo integraban hijas de familias refineras y la conducción técnica del cuadro era de responsabilidad don Juan Muñiz, un entrenador de nacionalidad uruguaya avecindado en Penco y contratado por CRAV.

El "María del Río" entrenaba en el hoy desaparecido edificio del Deportivo de la empresa en calle San Vicente. La contra parte masculina del balón cesto de la Refinería era el "Federico Carvallo", cuyo jugadores eran mayormente trabajadores de CRAV. Precisamente, uno de ellos que recordamos con mucho cariño es Carlos Romero Espinoza, camiseta N° 12, casado con María Canales (mi madrina de bautizo).


Resulta poco conocido el origen de los nombres de los equipos refineros para muchos pencones en la actualidad. En el caso del básquetbol masculino el quinteto recibió el nombre del administrador de turno de la empresa, don Federico Carvallo. Y en lo relacionado con el equipo femenino, el nombre que recibió correspondía al de la esposa de don Federico, la señora María del Río.

El deporte a nivel competitivo en la Refinería tuvo mucha importancia. Y uno de sus grandes estrategas en todas las disciplinas fue Juan Muñiz. 








A la izquierda, Juanita Figueroa, gran
basquetbolista del "María del Río"
en 1965.

Sunday, May 07, 2017

UN PINTOR NOS DESCRIBE A PENCO CON TODA LA FUERZA DEL COLOR

Una visión multicolor de Penco, según el artista local José Fernando Castro Reyes.
Tal vez nunca Penco ha sido representado con tanto derroche de color como se aprecia en las telas pintadas por el profesor José Fernando Castro Reyes, hijo de refinero. Pintor por vocación, este maestro normalista y asistente social, dedica horas a observar, a preparar sus pinceles y lanzarse a combinar matices, contrastes, dibujos y proporciones sobre una superficie horizontal en el taller de su casa de la villa Lomas del Conquistador entre las poblaciones Desiderio Guzmán y el ex recinto de la Refinería. Admirador y cultor del estilo postimpresionista de Vincent Van Gogh, Castro ha logrado un sello interesante fruto de su pasión por este trabajo. Incluso se fabricó una paleta dentada para conseguir el trazo caprichoso de líneas paralelas especialmente en esos cielos arremolinados que distinguieron la obra del artista neerlandés.
Un detalle de una pintura que revela la influencia de Van Gogh en el estilo del pintor de Penco.
Ha vivido en Penco toda una vida. Hoy, a sus 67 años, se declara un agradecido de la ciudad y de tantas personas con las que compartió en el ámbito profesional tanto en Lirquén como en Penco. Ejerció como profesor en varios establecimientos de la comuna, jugó fútbol por Coquimbo CRAV igual como lo hiciera su padre, don Fernando Castro, fallecido en octubre de 2016. También trabajó como administrador municipal en el municipio pencón por años, donde, en virtud del cargo, le correspondió subrogar al alcalde Ramón Fuentealba en varias ocasiones.
El profesor y pintor José Fernando Castro Reyes en su casa de la villa Bahía Azul de Penco.
Casado con la tomecina Gloria Elgueta, el matrimonio tiene cuatro hijos: Gustavo, audiovisualista; Claudio Sebastián, arquitecto; Valeria, matrona; y Catalina, estudiante de arquitectura en la Universidad Católica. Fernando ha expuesto en forma individual en Yungay, en Ránquil y en dos muestras colectivas en Concepción con motivo del centenario de Nicanor Parra y de Vincent Van Gogh.
La paleta dentada creada por Fernando Castro para
acercarse al estilo de Van Gogh.

En los muros de su casa cuelgan telas con su impronta que embellecen las distintas habitaciones. No sólo el color abigarrado, sino que su conjugación con el dibujo y los temas paisajísticos donde predominan los álamos estilizados que se inclinan en distintas direcciones generan un todo inspirador. Los cuadros marcan también las distintas etapas que ha vivido su autor que van desde lo figurativo a la abstracción. Un toque especial a este ambiente visual predominante es la música seleccionada por el pintor, un plus al momento de oír las descripciones que él hace de esas obras más significativas expuestas allí para sus moradores y sus visitas.

El carácter serio y tranquilo del profesor explota en espontaneidad cuando en su taller solitario suelta las riendas de su imaginación. Los pigmentos de acrílico de todos los tonos se aglomeran y resbalan sobre la superficie en la que va a trabajar. La inspiración, la técnica y el buen gusto complementan su inquieta labor artística. Esta inclinación creadora que había permanecido en potencia y casi oculta durante tanto tiempo en el espíritu del profesor ha salido a la luz y lo ha convertido en un potente artista plástico de la ciudad. Sin duda muy pronto conoceremos nuevos trabajos suyos que nos sorprenderán. Enhorabuena. 
El profesor Castro narra el contenido de su obra Penco en una conversación con nuestro blog.

Monday, May 01, 2017

PENCO, UNA COMUNA LABORIOSA Y UNOS POCOS "PULMONES VíRGENES"

En el Día del Trabajo recuerdo a Penco y Lirquén como una comuna de gente laboriosa. La historia así lo muestra. Sus calles de esos años era transitadas de día y de noche por centenares de empleados y obreros de las distintas industrias y otras actividades productivas, sin contar los trabajadores de los diferentes emprendimientos que los había por todas partes. Penco fue y es modelo de hombres y mujeres que dedicaron y dedican su tiempo al trabajo sacrificado. Ellos celebran hoy su día con justificada razón y orgullo.
Pero. Hubo excepciones.
En más de una oportunidad en el pasado escuché un par de expresiones casi generalizadas en Penco para apuntar a alguien sin ocupación ni trabajo conocidos. Podía haber muchas razones para que el aludido justificara no estar ocupado en labores productivas. A modo de defensa quienes creían en ellos argüirían que dichas personas no tenían carácter, por ejemplo; que carecían de las técnicas básicas para desempeñarse en tal o cual oficio, desconocimiento, falta de habilidades puntuales, incompetencia, etc. Nunca decían, que sus defendidos carecían de voluntad para lanzarse a la aventura en el mundo laboral. Consecuencia de esta situación era que cuando el tema de conversación era el trabajo, salían los comentarios cáusticos: “ese gallo tiene pulmones vírgenes”.
Que los pulmones tengan que marchar a un ritmo superior a su función ordinaria fue sinónimo de trabajo esforzado. Quien no hubiera exigido más a ese órgano corporal en una acción productiva no era digno de afirmar con la frente en alto que había trabajado. De allí entonces que el tal “pulmones vírgenes” era literalmente un flojo, más aún si le nacía serlo. En este sentido, por tanto, no era recomendable tirarse a flojo en Penco porque la opción significaría estar en boca de todos. Pero, había personas que por decisión propia se rehusaban a buscar empleo. Hubo muchos casos reconocidos… Había, por cierto, sinónimos para la metáfora de la flojera. Por ejemplo, a un flojo lo apodaban “solano”, por estar tendido al sol, imagino. Una denominación menos usada era “sotigüe”, cuyo desglose no viene al caso. Y, por último, el alias más hiriente para un flojo era ser "bautizado" “primero de mayo” para significar exactamente lo opuesto, o sea, el alto valor ético y moral del trabajo que nos recuerda esa fecha en todo el mundo.


Tuesday, April 25, 2017

LOS DORADOS RACIMOS DE ABRIL QUE CADA OTOÑO LLEGABAN A PENCO

Racimos de uva Italia momentos antes de ser cortados de las parras.
En abril la gente esperaba las uvas que provenían de las lomas de la cordillera de la costa; ésas que se producían en rulo en parras de tronco corto casi a ras del terreno. A muchos les parecía que entre más cerca del suelo crecían y maduraban los racimos, el fruto era más sabroso. Este producto llegaba a Penco en carretas tiradas por bueyes, que bajaban desde lugares cercanos: Roa, Cieneguillas, Guariligüe, Peña Blanca, Florida. Los racimos venían acomodados en cajones. Las variedades más familiares eran la Corinto (tempranera) y la Italia, más tardía. Las cargas también incluían las uvas negras país. ¡Inigualable el dulzor de estos frutos! Los baquianos picana en ristre con sus carretas iban por las calles ofreciendo el producto de su vendimia. Ellos cuidaban de la buena presentación: racimos enteros, no desgajados, con todos sus granos. Esta oferta era una fiesta callejera, una tradición, un clásico en Penco.
Uva negra de viña El Quillay, Portezuelo.
La imagen de los vendedores de uva a granel –directa del productor al consumidor-- era coherente con el entorno. Las carretas se entrecruzaban en nuestras calles de tierra o adoquinadas. Algunas llevaban otras frutas: manzanas, peras. Sin embargo, el mayor número de éstas transportaban sacos de carbón o iban cargadas con leña de madera nativa de excelente calidad para el fuego. No todos los campesinos vendían la leña cortada a la medida de las cocinas o estufas, muchos ofrecían los palos secos de dos o tres metros de largo. Había una diferencia en el precio, por cierto; más cara, aquella lista para echarla al fuego. Tan familiares como las carretas eran carretones tirados por caballos. Sin embargo, estos últimos no provenían de los campos, eran el medio de transporte de los almacenes pencones para distribuir mercaderías al por mayor.
Pero, no sólo carretas con yuntas de bueyes circulaban por todas partes en Penco; también iba gente montada en caballos con sus atuendos, montura, sombrero, chupalla y rebenque. Y no eran unos pocos, si a ello sumamos que Carabineros tenía ganado en pesebreras detrás de la antigua comisaría. Parejas de policías montadas circulaban con frecuencia por las calles de Cerro Verde y Lirquén. Y, por otro lado, cabalgaban los mencionados jinetes que bajaban a Penco para trámites o para hacer compras.
Carabineros en patrullaje en Cerro Verde.

Pero, volvamos al tema del comienzo. Abril con las carretas con uvas marcaban el final de las ofertas de la temporada estival de los campos. Y los racimos de Italia, los tardíos eran los más dulces del pasado verano. Una característica de esta oferta doméstica fueron las abejas. Cebadas por los jugos de los granos pegajosos por el sol volaban en buena cantidad alrededor de las carretas. Por eso, luego de comprar, el carretero advertía de tener mucho cuidado para no enredarse con ellas y sufrir un lancetazo.
Alejandro Millao y Gladys Ponce, viñateros de El Quillay en Portezuelo en plena labor de vendimias.

Wednesday, April 19, 2017

LOS CAMBIOS DE 50 AÑOS EN LIRQUÉN Y CERRO VERDE ALTO


Una imagen habla por mil palabras, dicen. Y esta foto, del actual calendario municipal, nos transporta a los inicios de los años sesenta (1960). Los cambios han sido notables en más de 50 años. Por ese motivo, para las nuevas generaciones en necesario una breve explicación para conjugar pasado y presente. Con ese propósito he enumerado los puntos emblemáticos de esta imagen para aportar algunos antecedentes.

1.    El sector conocido como la Huasca fue entonces un bosque; un poco a la derecha de la imagen se ve el camino a Tomé con una pista sencilla.
2.   La población de los mineros tenía dos corridas de pabellones construidos en ladrillo, madera y tejas. Ese espacio hoy es ocupado por bodegas del Puerto Lirquén.
3.   La cancha del club deportivo Minerales fue construida con tosca extraída de la mina de carbón de Lirquén. Este material le dio una cierta altura respecto del nivel normal del terreno. Por tal motivo si la pelota se escapaba había que bajar el talud, recuperarla y devolverla a la cancha. Sin embargo, ex jugadores de ese club, como Pedro Avendaño, por ejemplo, la recuerdan como un campo de gran calidad para jugar al fútbol, sólo que no tenía pasto. Tampoco había galerías para sentarse.
4.   El cerro la tosca fue la estampa industrial y minera de Lirquén. Se levantó con material inerte sacado de la mina junto con el carbón a lo largo de cien años. Tal vez alcanzó unos 40 metros de altura. En su cara opuesta al mar la empresa carbonífera sembró pinos, los que crecieron sin problemas, a pesar de la pobreza del suelo. En la actualidad, Puerto Lirquén aplanó este cerro artificial para crear bodegas y espacios para mercaderías en tránsito. Y ahora se llama “patio la tosca”. La entrada de terreno hacia el mar está rotulada con el nombre punta Quintero, según el mapa del SHOA.
5.  Sector El Refugio fue una playita protegida del viento norte que miraba al suroeste. La línea del tren separaba la arena de una agradable superficie empastada que durante un tiempo fue propiedad del Automóvil Club de Chile, entidad que edificó ahí un inmueble denominado el refugio con restaurant para sus socios. De seguro que los años más esplendorosos de ese balneario privado fue en los cuarenta (1940). La playa desapareció con la ampliación del Puerto Lirquén.
6.   La cancha de Vipla. Si bien la Compañía Carbonífera de Lirquén tenía su cancha propia y su club participando del campeonato regional de fútbol, la empresa Vidrios Planos Lirquén no era menos; también tenía su campo deportivo y su club. El Vipla jugaba en ese reducto junto al estero Lirquén. En el lugar que ocupan los pinos que se observan entre la cancha y el camino en esta foto se levanta hoy la empresa Indura.
7.  Todavía no se había poblado del todo Cerro Verde Alto. Se observa con claridad el campo de entonces con sus lomas. En la zona baja había una chacra de gran extensión donde se producían hortalizas de muy buena calidad.



Como decíamos en el inicio de este post, aunque una foto nos hable por sí misma, siempre viene bien un complemento en palabras. 

Thursday, April 13, 2017

UN TERRÓN DE AZÚCAR PARA HACER CARAMELO

Cubos de azúcar en una imagen tomada de Internet. Los panes de azúcar de la Refinería eran más grandes y compactos.
Un pan de azúcar fue una expresión familiar en todo Chile durante la mayor parte del siglo XX. No sólo por muchos cerros distribuidos en la geografía que llevan ese nombre, sino por el bloquecito dulce que se agregaba a la taza de café y que se disolvía al cabo de unos segundos. Sinónimo era la combinación terrón de azúcar.
En una clase de filosofía en la Universidad de Concepción, el profesor Menanteau de esa facultad decía a sus alumnos en el capítulo de lógica formal: “hablamos de un pan de azúcar, por ejemplo, sin darnos cuentas acerca de todas las cualidades que encierra esa expresión. Así, cuando le echamos un pancito a nuestro té no analizamos el contenido y decimos aquí va la blancura, la dulzura y la dureza, decimos implemente ‘agrego un terrón de azúcar’ ”. El profesor se basaba en el elemento pan de azúcar para para ejemplificar que el razonamiento emplea abstracciones.
Panes o terrones de azúcar eran la unidad básica producida por las plantas de CRAV en Penco, Valdivia y Viña del Mar para satisfacer las necesidades del consumidor. Ambas expresiones se usaban en el país con naturalidad. El trocito equivalía en contenido más o menos a una cucharada de té de la azúcar granulada de hoy. El pan de azúcar era el fruto final de los largos procesos de refinación del producto en bruto que llegaba a Penco de países productores como Perú, Ecuador y otros. El endulzante blanco precipitaba en pequeños gránulos que eran prensados en moldes; cuando habían endurecido en forma de bloques se los cortaba con guillotinas.
Algunos consumidores hacían caramelos con la azúcar en panes. Bastaba con poner los terrones sobre una lata expuesta al fuego para que el blanco comenzara a ponerse dorado y marrón. Acto seguido se echaba el caramelo a las infusiones de hierbas con el fin de darles un tinte agradable. En los campos de Penco, la gente fabricaba dulces con la azúcar chamuscada. Y les daban a los niños los terrones dorados como sucedáneos de golosinas. Flora, quien trabajó en la casa del doctor Suárez, en aquellos años contaba que ésas eran las pastillas de los pobres, aludiendo a aquellos que no alcanzaban para comprar dulces para sus hijos con sus escasos recursos.
Un segmento de la portada del número 102 de la revista de octubre de 1964, cuyo tema fue el 35° aniversario del sindicato.
Pero, Pan de Azúcar fue también el nombre de la revista que publicó por muchos años el personal de la Refinería de Penco que destacó por sus contenidos e historias y que alcanzó gran notoriedad. Hoy en día es posible reconstruir parte del pasado refinero gracias a sus textos muy bien elaborados por sus trabajadores. Son muy entretenidos los relatos impresos en sus páginas. Un siete para ese cariño por la cultura local que defendieron  sus editores responsables.
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* Contribuyó a la elaboración de este texto Manuel Suárez B., de la Sociedad de Historia de Penco.