Tuesday, January 09, 2018

LUGARES Y OCASIONES QUE CONGREGABAN A LA COMUNIDAD PENCONA

    
Una actividad cultural, un concurso de cuecas, en el estadio de la Refinería. (Foto tomada del Libro de Oro de la Historia de  Penco, de V.H. Figueroa).
      Había razones para que la comunidad se reuniera. Una suerte de auto convocatoria: ahí estaban todos los de siempre, las mismas caras, ninguna desconocida. Unos podían ser más conspicuos; otros, humildes; algunos alcanzaban el rango de personajes, los menos iban con su ropa desaliñada. Pero, la comunidad los aceptaba como a miembros de una gran familia. Al fin,  todos respirábamos el mismo aire o dormíamos bajo el mismo cielo. ¿Cuáles eran esas reuniones?
         En verano, dominaba la playa. Media población de Penco se repartía desde la desembocadura del Andalién hasta La Cata.  Las playas entre ambos puntos eran aprovechadas a más no poder. Esos espacios estaban inundados de música de distinto género y procedencia. Se desplegaban toldillas multicolores y mujeres bellas se relajaban dorándose en la arena, una auténtica fiesta de temporada.
        Otro punto de convocatoria fue la estación por la siempre atractiva pasada de los trenes de pasajeros. Muchas caras que mirar, muchos amigos que saludar y tanta gente que recibir o despedir. La mayor novedad la aportaba el “chillanejo” o “ramal” el que desde Rucapequén bajaba hacia la costa con personas que abordaban en los más escondidos paraderos intermedios. En Penco sin que fuera la estación terminal era donde bajaba la mayor cantidad de viajeros, unos llegaban contentos, otros exhaustos. El convoy proseguía con sus vagones casi vacíos a su destino en Concepción para reiniciar el recorrido en sentido contrario al día siguiente a primera hora. La estación pencona estuvo bien concurrida de público cada noche a las 9 así lloviera o tronara.
        La plaza concentraba gente por sí sola en las tardes y en las noches de primavera. La salida de las novenas de la parroquia local durante noviembre era el inicio de caminatas interminables por las amplias vías peatonales que rodeaban el centro coronado por una pileta. Era dar vueltas y vueltas a paso quieto. Allí se encontraban los amigos, los jóvenes, los viejos, los parientes. Era la oportunidad para integrarse a grupos de conversación. Las niñas penconas se lucían caminando juntas por ahí.
       El estadio de la Refinería en domingo de clásicos (Coquimbo CRAV-Fanaloza) congregaba a centenares de aficionados los que se distribuían en sus galerías que a modo de herradura rodeaban la cancha. Sin contar los que se apretujaban en los altos de esquina de las calles O’Higgins con Membrillar. Desde el ángulo de esa elevación se veían tres tercios del campo de juego y se escuchaban los gritos de gol o las rechiflas y las protestas contra los malos arbitrajes. Los partidos se desarrollaban en ese recinto vecino de la fábrica la que no detenía en su producción bufando y rechinando.
       Los mismos protagonistas de las citas enunciadas más arriba curiosamente se encontraban en los cerros ya fuera buscando murtillas o en paseos de otoño. En los estrechos recovecos del fundo Coihueco se juntaban para recolectar las moras tardías del verano con las que se hacían mermeladas. En parte así interactuaba socialmente la comunidad pencona allá por los años 50'.   

Sunday, December 31, 2017

SABROSOS DESAYUNOS PARA SCOUTS DONDE LOS SUÁREZ BRAUN

Scouts de la "Legrand" en desfile matinal  (1955). Foto tomada del calendario municipal de Penco y editada para el propósito de esta crónica. 
   Ocurría con frecuencia para los 21 de mayo y para los 18 de septiembre allá por los 50'. Después de desfilar con la formación scout desde las primeras horas, a las 10 de la mañana el estómago ya no daba más de hambre, de decaimiento. Los retortijones de tripas resultaban inaguantables. Porque para salir temprano y a la carrera para marchar, uno olvidaba el desayuno recomendado. El deber estaba primero. Sin embargo, la brigada “Armando Legrand” (después la brigada pasó a llamarse grupo) tenía buenos padrinos y madrinas en el Rotary Club local que además, era gente intuitiva, colaboradora, entusiasta y querendona. Por eso, las penurias de marchar “con la guata pelá” tenían una sabrosa solución en dichas ocasiones. El presidente del Rotary fue por algunos años el doctor Emilio Suárez, quien calculaba con pleno conocimiento y sentido común que a las 10 de la mañana los muchachos y niños de la “Legrand” estarían desfallecientes. Por su iniciativa y la amorosa colaboración de su señora (Inés Braun) la familia ofrecía un contundente desayuno a la hora mencionada. Y no éramos pocos, quizá unas sesenta bocas hambrientas.
          Desglosemos a la “Legrand” al momento de ese desayuno. Comencemos por la banda de guerra: un guaripola, seis tambores, diez flautines y sus trompetas, un ejecutor del bombo y uno de platillos. (Corresponde mencionar aquí al trompetista Monroy por su conocimiento de marchas: “San Lorenzo”,  “Yungay”, “Penachos Rojos”. Durante los desfiles Monroy gritaba el nombre de la melodía que había que tocar a continuación cuando la que estaba en curso terminaba: “¡San Lorenzoooooooo!” Y se iniciaba esa marcha al instante).
          Más atrás en la formación venían el abanderado y sus dos escoltas, seguidos de la jefatura, integrada por tres personas. Después, un grupo de seis “rovers”. Y de ahí hacia el final, la tropa: Tres patrullas de seis miembros cada una, tres manadas de lobatos de cuatro cada una y finalmente dos scouts corpulentos de retaguardia con botiquines para emergencias.
          Cumplidas las obligaciones del desfile de calle, la formación se dirigía a una recepción matinal en la casa del doctor Suárez en la calle Penco 290  la que se realizaba en un amplio patio interior. Allí terminaban las penurias. Antes de “atacar” directo a las cosas para comer, la tropa seguía las rutinas de saludo a los dueños de casa encabezados por el doctor y la señora Inés. Una breve serenata de la banda antecedía al desayuno. La jefatura agradecía el gesto y solicitaba el permiso correspondiente. El doctor asentía con la cabeza. Mesas instaladas a cielo abierto aguardaban con grandes vasos de vidrio con leche con plátano, tazas de café, chocolate caliente, sándwiches con pan especial preparados por la señora Inés, Clarita y la señorita Flora, y deliciosos kuchen de manzanas elaborados siguiendo la receta de la dueña de casa. Era un festín.
           Los scouts en ayunas gozábamos de todas esas exquisiteces y golosinas brindadas con cariño, pero no imaginábamos la producción y el trabajo que significaba atender a tanta gente. Los organizadores conseguían en calidad de préstamo el equivalente de sesenta vasos de vidrio en la cristalería Skiavi en Concepción, gracias a los buenos oficios de su gerente don Lautaro Olavarría, quien era hermano de don Óscar Olavarría, conocido vecino de Penco. La señora Inés Braun, a su vez encargaba a don Armando Jofré, de la panadería, hallullas especiales para la preparación de los sándwiches que se servirían esa mañana a los scouts de la “Legrand”.
            Finalizado el desayuno, la jefatura disponía que la tropa expresara su agradecimiento por el agasajo. Los niños y los jóvenes cantaban temas escautivos, daban gritos guiados por patrulla y Monroy levantaba su trompeta para un toque de campaña. Los dueños de casa respondían con sonrisas y aplaudían también. ¡Cómo olvidar tan ricos desayunos! 

Sunday, December 24, 2017

ALGUNOS PERCANCES EN EL TREN "CHILLANEJO"

Pasajeros en la estación de San Rosendo alrededor de 1960. Imagen tomada de Memoria Chilena ilustrativa para este texto.
                 La gente añora el tren. Por eso, se arman viajes turísticos con "el tren del recuerdo", viejas locomotoras adornan plazas y podría indicar más ejemplos. Pero, la realidad en esto del ferrocarril es al revés. Porque se levantan los rieles de sus tendidos originales, se retiran los durmientes o se pudren, los puentes metálicos se oxidan abandonados y los túneles se convierten en pasadizos para intrépidos. Sin embargo, en forma persistente la mente escarba y saca desde el fondo de la memoria a los trenes como juguetes en Navidad.
               Sobre las añoranzas, se cita, a veces, el verso clásico de Jorge Manrique: “todo tiempo pasado fue mejor”, de las Coplas a la Muerte de su Padre. Los psicólogos explican esto diciendo que nos parece así porque la memoria tiende a eliminar los recuerdos malos y se queda con los buenos. Así, entonces, en el ámbito de nuestra historia, guardaríamos sólo lindos recuerdos de aquellos viajes en tren.
               Revisemos a lo menos una situación opuesta al verso creado por Jorge Manrique (1440-1479) de aquellas que se producían a bordo del "ramal" o "chillanejo". En la oportunidad que cito, el tren de la mañana venía rumbo a Penco con su capacidad completa desde Ñipas, donde subió mucha gente, como el metro en horario alto. No se podía avanzar por los pasillos y las repisas sobre las ventanillas estaban colmadas. Había allí bultos de toda especie, tipo y contenido: bolsas harineras con productos de la temporada, sacos, maletas de cuero o tejidas en mimbre, bolsos de viaje de fabricación artesanal, herramientas de labranza, aperos, botijas de vidrio protegidas con revestimiento de mimbre y taponadas con corontas (las llamaban “damajuanas” o "chuicas"). Es una visión general, había más cosas en aquellas parrillas que no es del caso ir más al detalle.
               Era común que cuando el tren agarraba vuelo en la bajada de Tomé, por ejemplo, algunos bultos se caían o se estropeaban porque no eran herméticos. En otras, sus contenidos se desparramaban o salían disparados. Si a lo anterior se agregaba la gran cantidad de pasajeros, se generaban situaciones embarazosas. En la oportunidad que comento, debido a un tirón muy brusco del tren en la pendiente tomecina, una de las garrafas se quebró vertiendo como si fuera una ola su contenido: vinagre tinto, sobre los distraídos pasajeros sentados inmediatamente debajo. En esos años, la gente viajaba con sus mejores ropas. Es de imaginar por tanto el impacto del percance. Hubo mujeres que se pusieron a llorar y caballeros que quedaron muy complicados por el indeseado efecto de la rociada. El dueño de la botijuela en cuestión se llevó las manos a la boca entre risas y preocupado. ¿Qué le iba a hacer? Se trataba de un accidente de los que de tarde en tarde se producían en “el ramal”. 

Tuesday, December 12, 2017

PINTURAS DEL ARTISTA JOSÉ VERGARA EN EL MUSEO DE PENCO

El artista plástico José Vergara y el director del Museo de la Historia de Penco, Gonzalo Bustos.
       En el museo de Penco permanece abierta la exposición de óleos del artista pencón José Vergara, con una de sus series de trabajos, en este caso los “falansterios”. Las pinturas despliegan una  plástica subjetiva que nace de las vivencias de su autor, pero a partir del concepto histórico de una sociedad utópica sin propiedad privada concebida en Francia en el siglo XIX y que teorizó Charles Fournier. Las obras de Vergara --de formatos medianos y grandes-- evocan una arquitectura para la vida colectiva, soñada por Fournier, que incluyen construcciones oníricas de gran factura, manejo del color, sentido del equilibrio con acento en la hipérbole pero que, al mismo tiempo, dejan la puerta abierta a la imaginación del espectador.
Un aspecto de la ceremonia de lanzamiento de la muestra "Falansterio". A la derecha, el autor, José Vergara.

     La exposición de Vergara, siguió a la exitosa muestra fotográfica de noviembre de la fotógrafa de Penco Cristina Suárez Ferrada, que incluyó escenas y postales de un interesante recorrido por Chile.
  El lanzamiento de la serie falansterios se realizó ante gran concurrencia el martes 5 de diciembre de 2017. El espacio del museo donde se pueden apreciar los cuadros es muy apropiado por la facilidad de acceso para el público y las inmejorables condiciones de luz, hecho que fue valorado por el pintor.
José Vergara con un grupo de concurrentes al lanzamiento de "Falansterio".
   José Vergara Aravena es licenciado en Artes Plásticas mención Pintura de la Universidad de Concepción. Se ha desempeñado como docente de Artes Plásticas en el Departamento de Educación por el Arte, de dicha casa de estudios, al igual que en otros centros culturales de la región. Desde 1980 a 2014 desarrolla su labor profesional en el Museo de Historia Natural de Concepción, donde tiene acceso en su trabajo diario a un mayor conocimiento de la arqueología y el patrimonio histórico-arquitectónico nacional, hecho que lo motiva a introducir elementos de estas temáticas en su producción plástica. Actualmente desarrolla funciones como asesor museográfico del Museo de la Historia de Penco.​


Algunos aspectos del lanzamiento de la exposición.
 Nota de la Editorial: Las fotografías y la información contenidas en esta crónica fueron facilitadas por Gonzalo Bustos, director del Museo de la Historia de Penco; y por José Vergara autor de las obras de la presente muestra.

Saturday, December 09, 2017

HISTORIA DE LA POBLACIÓN "JUAN PÉREZ FLORES" DEL SECTOR CEMENTERIO

NOTA DE LA EDITORIAL. El siguiente texto, preparado por Juan Espinoza Pereira, pencón radicado en Copiapó, es una retrospectiva de las vivencias de un niño en una población de los cerros de Penco en la década de 1960. El relato en primera persona incluye emotivos recuerdos los que en forma de una crónica los comparte con nuestros lectores. Agradecemos su interesante colaboración.
1964, con los primeros pobladores realizando las mediciones de los sitios para la futura Población Juan Pérez Flores.
LA POBLACIÓN JUAN PÉREZ FLORES DE PENCO
(Bajo la mirada de la matriohistoria)

Por Juan Espinoza Pereira, Copiapó

                              Por este norte desconocido estamos celebrando los 273 años de la ciudad de Copiapó, bajo un sol abrazador (08 de diciembre) y recordando nuestro pueblo origen y sus ritos pencones, como por ejemplo descansar bajo una parra cargada de uva listas para ser consumidas por los próximos sureños que arribarán a nuestra casa para Navidad y Año Nuevo. Bajo esta parra recordamos nuestras poblaciones, para mí la Juan Pérez Flores que nos cobijó por años y a través de este escrito quiero rendir un sentido homenaje a quienes hicieron posible este gran sueño de la casa propia  allá por años ’60.
                              La Población Juan Pérez Flores   --al lado del Cementerio Parroquial de Penco--, ahí un grupo de niños jugábamos y soñábamos mundos mejores; ahí mirando la bahía de Penco, el centro y los cerros con casas que rodeaban a esa inmensa ciudad a nuestra vista pequeña  desde unos de los  cerros, una hermosa ciudad llena de secretos y lugar obligado de visita para los fines de semana, en especial para el verano y las fiestas.
                              Nuestra población se gestó a partir del sueño allá por años ‘60 de un grupo de soñadores loceros que habían emigrado de diferentes lugares: del campo (Guariligüe, Treguaco, Coelemu, Florida, Arauco, Roa, Santa Rita), o de alguna caleta (Tumbes, Tubul, isla Guarello); y quienes querían establecerse cerca de la fábrica que les daba el sustento.
                              Aquellas personas que avecindaban en Penco venían colmadas de sueños de superación, por ejemplo, como vencer la pobreza del campo, ser alguien en la vida, olvidar las humillaciones vividas en los fundos o, en casos más extremos, como vencer el hambre. Ya se habían insertado en la empresa locera haciendo sanitarios, azulejos, cajones para empacar las  exportaciones; otros, cargando sílice  para las lozas en general desde la isla Guarello; otros transportando los productos del campo para la pulpería, etc. Estos pioneros querían tener la casa  propia  y se atrevieron a dialogar  con ese gran hombre filántropo  pencón,  Juan Pérez Flores para pactar la venta de un terreno para la población que albergaría a 40 familias loceras, lo cual se concreta por allá  en 1965. Los pioneros demarcaron los sitios para la futura población, que en honor al filántropo pasaría a llamarse  Población Juan Pérez Flores.
                              Ya en los años ’70, familias tuvieron el privilegio de construir sus propias casas, que en la actualidad conservan la misma estructura; poco a poco fueron llegando las familias: Parra, Roble, Escanilla, Cortés, Escobar, Oviedo, Retamal, entre otras. ¡Bravo por aquellos pioneros! Luego se pobló de niños y niñas que jugaban en el cementerio, en los bosques del señor Roa, en la casa embrujada (actual Corhabit); bañándose en la playa de Gente de Mar, en Cerro Verde Bajo y como  si fuera un viaje al extranjero: en la playa de  Lirquén.
                              La  Población Juan Pérez Flores fue la cuna donde muchos que soñaron mirando la ciudad desde la altura y que forjaron sus vidas que los llevó a unos a emigrar y a otros a convirtirse en obreros o profesionales y que aún viven en Penco; la Tercera Ciudad más antigua de este Chile. Muchos la mirábamos desde lejos, pero añorando las tardes de juego: las pichangas de fútbol, el paquito librador, el caballito de bronce, la escondida, el quechi; o simplemente los cuentos de don Pedro Escanilla, el acordeón de la familia Monroy, las peleas de cabros chicos. Para ser sincero, el centro de Penco era visto como algo inalcanzable, se miraba como un viaje al igual que ir a Concepción.
Fiesta de loceros en la década de los '80, en primera fila aparecen los primeros pobladores de la Juan Pérez Flores.
                              Quienes pertenecemos a la primera generación de la Población Juan Pérez Flores fuimos testigos de la construcción de sus primeras calles, sus veredas, los primeros cierres perimetrales, las mediaguas que fueron reemplazadas por las casas, el acarreo de agua desde los pozos cercanos, las casas alumbradas con velas o chonchones, los inviernos barrosos, los juegos en el cementerios, los hippies limpiando el cementerio para noviembre, etc.
                            Un abrazo a la distancia a todos los que pertenecen a la primera generación de la gran Juan Pérez Flores, desde el desierto de Atacama y comiendo uva.
Las uvas tempraneras del parrón del patio de Juan Espinoza P. en la ciudad de Copiapó.

Monday, November 06, 2017

PENCO TUVO UNA FIESTA DE 4 DÍAS EN EL INICIO DEL VERANO DEL 56

         
    
               Estuvo muy peleada la elección de reina de la primavera en Penco durante diciembre de 1956, según se deduce de los artículos publicados en el diario El Sur. El segundo recuento del 2 de ese mes arrojó un claro resultado, que Beatriz Villalobos ocupaba un inalcanzable primer lugar con más de veinte mil votos. Le seguían de lejos las otras postulantes. Maritza Mignolio reunía poco más de once mil preferencias. Más atrás en la lucha por la corona de la belleza pencona estaban Sara Segovia, Ligia Stowhas, Yolanda Bulhozer, Edith Concha, Gladys Peters, Erika Müller y Victoria Treuer. A veinte días del escrutinio final nadie esperaría sorpresas. Pero, las hubo, porque se sabía que más de una candidata “tapadita” estaba lista para arrebatar el preciado primer puesto.
               El artículo de El Sur de ese día advertía que la ventaja momentánea obtenida por Beatriz Villalobos se debía al trabajo conjunto desplegado por los comités de apoyo a su candidatura de los sindicatos de empleados y de obreros de Fanaloza. Estaba más que claro que todavía no había dado la pelea el comité en formación de la Refinería de Azúcar. Una de sus candidatas (el diario no dio su nombre) gozaba de muchas simpatías en varios sectores de Penco. Por su parte el comercio local que no quería ser menos trabaja fuerte en favor de Martiza Mignolio, quien por el momento ocupaba el segundo lugar.
               El próximo recuento de votos estaba anunciado para el 9 de diciembre, el que se realizaría en el cuartel de bomberos, se anunciaba una presentación de las candidatas y se elegiría al rey feo. En este último acto que se llevaría a cabo en la plaza de Penco actuarían el orfeón de CRAV y la orquesta del Regimiento Chacabuco, entonces dirigida por el recordado maestro Adriano Reyes.
               Fue así que al término de la reñida competencia --¡sorpresa!-- obtuvo el primer lugar Alicia Müller Jara, quien de ese modo se coronó Reina de la Fiestas Primaverales de Penco 1956. Las festividades se iniciaron la noche del 20 de diciembre con una “verbena” en la plaza y un paseo veneciano por el estero. En España se denomina verbena a la fiesta del solsticio de verano del hemisferio norte para el día de San Juan. Algo parecido se celebraba acá. El programa continuaba el 21 con la gala, la coronación de Alicia I y una velada bufa en el gimnasio de la Refinería. Al día siguiente, una gran gala en el mismo recinto y  un baile popular en la calle San Vicente, entre O’Higgins y Las Heras.  El cierre de las fiestas primaverales era el domingo 23 de diciembre con un concurso de murgas y disfraces en la plaza de Penco y un gran baile con invitación a todos los vecinos.

Saturday, November 04, 2017

CHILLÁN AÚN GUARDA PERFILES URBANOS QUE UNA VEZ TUVO PENCO

              
Pabellones similares a los que hubo en Penco aun quedan en Chillán, en avenida Palermo cerca de la medialuna.
            Construidos por el gobierno después del devastador terremoto de 1939, los pabellones de emergencia de Penco fueron un clásico de la ciudad en la esquina de Alcázar con Freire. Los hicieron siguiendo un patrón –como todo lo que emprende el estado
– que se aplicó donde fue necesario: los pabellones de Manuel Rodríguez en Concepción; los de la avenida Palermo en Chillán (las tres fotos) cerca de la medialuna. El mismo estilo sirvió para la edificación de colegios públicos (como el que se incendió en Freire al lado del mercado, las escuelas N° 31 y N°32) o para levantar hospitales como lo fue el de O’Higgins y Yerbas Buenas. Eran todas edificaciones de madera nativa, con muy buenas terminaciones, baños higiénicos, cocinas.
               La planta de una casa de esos pabellones incluía un corredor techado, con piso de cemento y un poste en el medio. Sin duda, creado para que los moradores pudieran habilitar uno nuevo espacio cerrado. Dos ventanas y una puerta con ventana. Dos piezas grandes unidas por una puerta para el uso de una cortina divisoria; hacia la parte posterior había un corredor techado también parecido al de la entrada, pero de menos superficie pensado para otra habitación que bien podría ser un comedor del diario. En la segunda mitad, hacia un costado estaban el baño, con ventana al exterior y una cocina con “pollo”(*) también dotada de ventana. A ella se accedía por un pequeño pasillo entre la parte posterior del baño y la segunda pieza grande. Sobre el “pollo” había una enorme campana de latón que extraía los humos por una chimenea.
               Más atrás había un patio multipropósito, había gente que construía más piezas y otros que lo usaban para huertas, gallineros o espacio para tender ropa. Esa superficie debió tener 5 x 7 metros. El techo de los pabellones estaba cubierto de planchas de asbesto cemento fabricadas por Pizarreño. Canaletas conducían las aguas lluvias hasta el suelo.
              
Estas casas de Chillán, iguales a las mencionadas en este texto, tienen casi 80 años.
El interior de esas  casas, era interesante además por la altura que tenían las piezas, probablemente 3 metros 50 centímetros. Hoy en día los departamentos apenas pasan de los 2 metros 20 centímetros. Los hicieron altos seguramente para disipar posibles concentraciones del gas monóxido de carbono producto del uso de braseros a carbón vegetal.  Al frente había una vereda angosta que facilitaba el desplazamiento de los vecinos, todos gente conocida por año, por vidas enteras.

               Los pabellones de emergencia de Penco –¿por qué no les pusieron un nombre?—fueron dos unidades de diez casas cada una, que estaban dispuestas en paralelo a la calle Freire.  En total veinte familias vivían allí. Cuando llegó el gobierno de la Unidad Popular, se decidió construir un proyecto inmobiliario para los moradores de los pabellones y para otros grupos de poblaciones a fin de mejorar los estándares de vida. Fue así como nació la actual remodelación de Yerbas Buenas, Cochrane, Blanco y línea férrea. El gobierno de la época llamó a esa población “Ñancahuazú”, evocando en lugar de Bolivia donde murió el Che Guevara. Cuando llegaron los militares, las nuevas autoridades de la vivienda le cambiaron el nombre por el actual  “Lord Cochrane”.
La avenida Palermo de Chillán guarda aún el perfil de las casas del estilo de los pabellones de emergencia de Penco.


(*) Pollo, término empleado en esos años para significar una estructura tipo barbecue actual donde se encendía fuego y las ollas, sartenes o teteras quedaban expuestas a la llama directa sobre una parrilla rústica.