Thursday, October 19, 2017

ESA NOCHE DE 1955 EN QUE 1.260 NIÑOS DE PENCO PERDIERON SU ESCUELA A CAUSA DE UN FEROZ INCENDIO

                      
Detalles del incendio de Penco en la portada de El Sur del sábado 23 de julio de 1955.
Aquella noche del viernes 22 de julio de 1955 debió ser una noche terrible, de pesadilla en Penco. Como narráramos en un post pasado, poco antes de la medianoche estalló un gigantesco incendio que consumió en su totalidad al inmueble donde funcionaban las escuelas públicas N°31 y N° 32 de niños y niñas respectivamente, dejando sin colegio a 1.260 alumnos de Penco, quienes por esos días de julio se encontraban en vacaciones de invierno. La sirena de los bomberos lanzó angustiosos llamados de alarma a los voluntarios de la primera y segunda compañías; pero el fuego ya había avanzado lo suficiente para ser incontrolable. La carencia de un cuidador en la escuela impidió disponer de una información más oportuna para la intervención de los bomberos. Entre tanto, decenas de personas llegaron a las proximidades alarmados por los vecinos. Testigos recuerdan que niños con sus padres que se acercaron a la carrera, para ver si podían hacer algo, pero comprobaron que ya todo estaba envuelto por las llamas. Niñas de los cursos superiores lloraban a gritos por el siniestro que consumía su querida escuela. Aquellas fueron escenas muy conmovedoras recuerdan personas mayores.
            El diario El Sur de Concepción debió parar la prensa para incluir en su primera página, como una noticia de última hora, detalles del siniestro. El reportero de turno fue informado por Carabineros de Penco respecto del alcance del devastador incendio que redujo a cenizas el inmueble de madera, construido luego del terremoto de 1939. Las condiciones del tiempo eran muy desfavorables porque se aproximaba, al parecer, un frente, como que ese día fueron suspendidos los vuelos en el aeródromo de Hualpencillo, según consignó el diario. Sin embargo, no llovió, hecho que sumado a la escasez de agua, muy característica de aquellos años, contribuyó también a que el siniestro se consumara.
            De acuerdo a la información que publicó El Sur el sábado 23 de julio de 1955, debido a la ferocidad del fuego, los bomberos circunscribieron su acción para proteger cuatro salas que se prolongaban paralelas al mercado municipal de entonces que fue, en definitiva, lo único que se salvó. El resto consistente en mobiliario, libros de estudios, mapas, libros de clases fue una pérdida total. El diario informó que tanto el director de la escuela 31, señor Amulio Leyton García, como la directora de la escuela 32 de niñas, señora Ana María Benavente, entregaron una primera estimación de los daños los que superaban el medio millón de pesos de la época. De inmediato ambos directores se abocaron a resolver el problema dónde continuar las clases para no tener que cancelar el año antes de tiempo. Al día siguiente, el sábado a primera hora se dirigieron a Penco el intendente Alberto Carrasco y el director provincial de Educación Primaria, señor Efraín Campana, para imponerse en el terreno de lo sucedido y para acelerar la edificación del nuevo Grupo Escolar de Penco que quedaría ubicado frente a la plaza, en la esquina de Las Heras y Maipú.
           
Dos imágenes del ex alcalde de Penco René Mendoza Fierro.
Las dos escuelas que funcionaban en el mismo inmueble, en horario diferido, sumaban 28 cursos. Se decidió que ocho de ellos continuarían sus clases en las cuatro salas que se salvaron del fuego.  El resto se acomodó en la escuela N° 69 de la Refinería, que funcionaba junto a la casa del administrador en el recinto refinero. El impacto que recibió ese inmueble fue enorme y tuvo que adecuarse con rapidez a la emergencia.

            Las autoridades se movieron rápido. El alcalde de Penco de la época, René Mendoza Fierro firmó de inmediato una escritura a fin de invertir 1.500 millones de pesos en bonos de la Sociedad Constructora de Edificios Educacionales. Informado de la emergencia de la escolaridad en Penco, el ministro de Educación Óscar Herrera Palacios dispuso también acelerar al máximo los trámites para iniciar la construcción del Grupo Escolar. Por su parte el regidor pencón de entonces,
Ex regidor de la época, Armando Cofré.
señor Armando Cofré informó que la empresa Fanaloza había donado 200.000 pesos como aporte a la nueva edificación. Agregó que la fábrica dijo estar dispuesta a hacer más aportes a medida que se fueran presentando nuevas necesidades.
         

"CHICO" PÉREZ FUE UN VELOZ Y AGUERRIDO JUGADOR DE COQUIMBO CRAV

 
José "Chico" Pérez y Guillermo "Memo" Cartes en conversación con nuestro blog en un café de Santiago.
 La genuina afición futbolera de Penco no olvida al habilidoso ex jugador de Coquimbo CRAV, José "Chico" Pérez, quien hiciera tantos goles para el equipo pencón en el Campeonato Regional de Fútbol allá por los sesenta. Su fortaleza era desbordar por las puntas y controlar el balón con firmeza justo en la línea de demarcación. Es muy difícil para un marcador quitar una pelota a un jugador de tales características sin arriesgar una falta o echar el esférico afuera.

    Una entretenida conversación sobre el fútbol regional sostuvimos con "Chico" Pérez junto a "Memo" Cartes, otro gran ex medio campista pencón, en un café céntrico en Santiago. Recordó Pérez una goleada que el Coquimbo CRAV propinó a Huachipato en su casa en las Higueras. Por algún motivo el arquero huachipatense, Luis Mendy se descontroló y agredió a un jugador de Penco lo que le significó su expulsión. Con un jugador menos (ni más ni menos que el guardavallas), los refineros lograron un resultado espectacular. La debacle de Huachipato se produjo a los 10 minutos del segundo tiempo, porque durante toda la primera parte el marcador se mantuvo en blanco.

     En la actualidad José "Chico" Pérez  se desempeña en una empresa de electricidad en la capital. 
  

Sunday, October 15, 2017

OTRO INTENTO PENCÓN PARA PASEAR EN LANCHA POR LA BAHÍA

      
Botadura de la lancha "Calcon" en Cerro Verde en febrero de 2008. 
                 El sueño de navegar por la bahía en medios propios tiene cultores en Penco, aunque no se sepa mucho. Pero, desde hace años hay gente con ganas, pero que no dispone de los recursos. Estas personas interesadas nunca se han juntado, ni siquiera han imaginado organizarse para trazar algún plan. La historia local de los últimos sesenta años reserva ejemplos de este interés que permanece bajo la piel de los pencones: dar una vuelta placentera por nuestro sosegado mar interior que es la bahía. Por el momento dejaremos fuera de estas consideraciones a los pescadores artesanales que navegan por cuestión de trabajo. Ellos tienen sus botes para sus fines en Lirquén, en Cerro Verde, y en los sectores Gente de Mar y Playa Negra, en Penco.
               Volvamos sobre la primera idea y citemos casos de este sueño del paseo marítimo que intuimos existe entre los pencones. Al ex alcalde José Meza se le ocurrió construir un club de yates entre Gente de Mar y Cerro Verde. Quería levantar socialmente el sector con un espacio dedicado a embarcaciones deportivas para la práctica de la navegación amateur. Lo apoyaron los regidores de la época. Y fue todavía más allá, llamó a un concurso para arquitectos interesados en desarrollar un proyecto para yates. Se presentaron maquetas, pero, hasta ahí llegó el impulso.
               En los setenta el entusiasta jefe scout Hernán Lagos, quien dirigiera por años el grupo “Armando Legrand”, quiso tener su propio grupo con indumentaria marinera. Así creó la agrupación de scouts marinos de Penco. Materializó una idea que le rondaba desde hacía tiempo: vincular a niños y niñas con el mar dentro de la disciplina scout. Salvo que, por las carencias ya mencionadas nunca pudo llevar a sus dirigidos a paseos por la bahía. Se contentaron con realizar sus actividades en la playa.
ALMA NAVEGANTE
               En un post anterior recordamos la figura del vecino don Félix Bustos, quien allá por los cincuenta fabricó con sus manos y sus herramientas una enorme embarcación en el patio delantero de su casa, en calle El Roble, al llegar a Freire. Aquel debió ser un esfuerzo astronómico para un hombre con muchos hijos que sobrevivía de su modesto oficio de mueblista. Pero, le ganó al destino y construyó su pequeño barco para paseos. Sabemos que sólo lo usó una vez. Un verano se fue con su familia bordeando la costa y ancló en Dichato. Luego de regresar, abandonó la nave y ésta “murió” en la playa, cerca de Gente de Mar.
               Un botón de muestra adicional de esta inclinación “pro marinera” la brindó el cantante pencón Patricio Renán en sus años de gloria. Produjo el single “Me Gusta El Mar”, que entre sus versos dice: “Me gusta el mar / tengo alma de navegante / mi bandera va adelante y /mi corazón detrás…” Otro cantante local, Mario Rey (Heriberto Ramos) construyó con sus manos varios kayacks que arrendaba en la playa en la temporada estival en los sesenta.
Don José Calzadilla, en su taller, de calle Membrillar, trabajando para su lancha.
UN ASTILLERO EN MEMBRILLAR
               Pero, el ejemplo más reciente de este amor por la bahía, lo dio don José Calzadilla, un ex trabajador de Fanaloza, quien construyó una lancha para él, con todas las de la ley, en el patio de su casa de calle Membrillar. De esto hace más de diez años. Antes de poner manos a la obra, habilitó un espacio al lado de un pequeño taller que convirtió en su astillero particular. Luego de darle vueltas al proyecto concluyó que el mejor material para construir era la fibra de vidrio, en lugar de la madera. De a poco, sin prisa fue avanzando en su trabajo; armó la estructura, diseñó la cabina, las ventanas, el casco, el espacio para el motor y los asientos por las bandas para unas diez personas.
La lancha "Calcón" baja por Membrillar arrastrada por una camioneta rumbo a Cerro Verde.
               Fue así como pasó el tiempo y en febrero de 2008 se realizó la botadura de la lancha “Calcon”, de su propiedad, en la pequeña rada situada al sur de Cerro Verde. El nombre es la combinación de las primeras sílabas de los apellidos Calzadilla (de don José) y Constanzo (de la señora María, su esposa). El lugar se decidió por la existencia de la rampa del Sindicato de Pescadores que fue facilitada. El traslado se hizo en un carro especialmente adaptado para la embarcación y la camioneta de arrastre. El trayecto desde su domicilio al punto de botadura es de aproximadamente dos mil metros. Demás está decir que varios vehículos integraron la alegre caravana.
La caravana la integraron amigos, familiares y vecinos de calle Membrillar.
               El lanzamiento de “Calcon” al mar ocurrió en la mañana del sábado 2 de febrero de 2008. Fue todo un acontecimiento familiar y de los vecinos. El procedimiento tomó tres días: primero ensayar el recorrido; después montar la lancha en el carro y conducirla para dejarla en Cerro Verde y; esperar el día siguiente para echarla al agua. Sin embargo, la idea  de fabricarla había comenzado a tomar cuerpo muchos años antes. Don José Calzadilla alguna experiencia tenía en esto de embarcaciones, porque allá por los sesenta había construido un bote pequeño a remos para pasear con sus hijos por la orilla del mar pencón. Pero, ahora el proyecto era más ambicioso: fabricar una lancha de envergadura mayor que sirviera a más gente para dar paseos.
BAUTIZO CON CHAMPAÑA
              
Instante preciso del bautizo con champa de la nueva embarcación. De izquierda a derecha Sandra Calzadilla Constanzo (hija); don José reventando la botella; Camilo, un vecino que ayudó en la botadura; arriba tomando fotos, Romina Amigo (hija de Sandra); y a su lado Alexander García, esposo de otra hija de Sandra. Más atrás se ve el sacerdote que bendijo a "Calcon".
Seguramente don José siguió un modelo de esos que aparecen en revistas, hizo cálculos propios de ingeniería naval y bosquejó con la habilidad de un arquitecto. Los recursos fueron saliendo de a poco, sin prisa. Lo importante era no detener la construcción, cada vez se avanzaba con algo aunque fuera poco. Hasta que “Calcon” estuvo terminado. ¡Y qué mejor que febrero para echarlo al mar! Y así ocurrió, con todas las celebraciones del caso: bautizo con botella de champaña, la bendición sacerdotal a bordo, catering en la playa durante la operación de botadura y un asado en casa para familiares, amigos y vecinos al día siguiente cuando la lancha ya  flotaba en la bahía lista para navegar.
Otra escena del día de la botadura.
               La nave fue dotada de un motor Nissan diésel de 2.000 cc. Después del lanzamiento permaneció anclada durante una semana “tiempo suficiente para que le robaran la batería y otros elementos”, recuerda Javier Matamala, nieto de don José Calzadilla. Para evitar más molestias hubo que sacarla del agua y trasladarla de regreso a Membrillar. Allí permanece ya por más de nueve años sin uso. Para que pueda servir a la comunidad interesada en navegar por la bahía son necesarias tres condiciones: disponer de un lugar seguro en el mar para su permanencia; que obtenga las certificaciones que concede la Capitanía de Puerto en este caso de Lirquén (una cuestión indispensable); y que haya una tripulación que tenga las licencias para operarla.  
Don José Calzadilla con su primer bote en Penco y dos de sus seis hijos: Miriam y José, este último fallecido.
 
Don José durante las pruebas de su lancha en el "astillero" de su casa en Membrillar.

   NOTA DE LA EDITORIAL: Agradecemos toda la información y las fotografías facilitadas por la familia Calzadilla Constanzo para la preparación de este texto, en particular a don Javier Matamala, nieto de don José Calzadilla Soto.

Sunday, October 08, 2017

LOS GITANOS GOZABAN SU SENTIDO DE LIBERTAD EN PENCO

     
Foto tomada de www.elciudadano.cl
El día menos pensado, avanzada la primavera, llegaban los gitanos con sus carpas listadas, sus camioneta con carrocerías hechizas; las mujeres con sus largos vestidos floreados y chalas de medio taco; los hombres con sus sombreros, los mostachos y los dientes metálicos; y los niños sin peinarse ni bañarse por muchos días… Llegaban metiendo ruido y hablando ese idioma ininteligible que llaman romaní y que dicen tiene raíces en el sánscrito original, considerado aquél una de las lenguas más antiguas del mundo, y que floreció en el norte de la India.
     A Penco venían familias completas si no tribus gitanas las que se desplegaban en los sitios baldíos que los había hartos en la comuna. Por ejemplo, montaban sus carpas en la manzana donde después se levantó la población Perú; en otros lugares desocupados de esos años, como como en la esquina de Freire con Yerbas Buenas, frente al Menaje Lina. La gente los miraba con cierto recelo, pero no los rechazaba, porque no estarían ahí por mucho tiempo. En un par de semanas partirían hacia otros pueblos y ciudades siguiendo su tradición nómade.
     Como grupos humanos cerrados, los gitanos mantenían sus costumbres, su cultura, sus cantos, sus bailes y sus usos. Por ejemplo, hacían fiestas a media tarde con altavoces. Cuando las cortinas de sus carpas estaban levantadas se los podía ver bailando, fumando, conversando o bebiendo. Las mujeres daban pasos y taconazos contra el piso alfombrado. Con la boca bien pintada, largos aros en forma de argollas, pelo suelto ensortijado a moños opulentos. Los gitanos exhibían grandes anillos con formas de tuerca, uñas largas, zapatos puntiagudos, pantalones desplanchados, chaquetas a rayas y sombreros de ala corta. Bailaban y bailaban haciendo palmas y bebiendo. Eran fiestas a plena luz del día y de frente a los sorprendidos pencones que miraban con ojos cautelosos. Pero, en el fondo, admiraban a los gitanos por esa vida sin ataduras a ningún lugar.
     El resto de la jornada, las mujeres la dedicaban a atender sus niños, a ir por las calles ofreciendo ver la suerte y hablando un castellano rudo y golpeado para hacerse entender. Los hombres revisaban sus vehículos y vendían relucientes ollas hechas a golpe de martillos de láminas de cobre. Hasta que un día cualquiera, se iban y llegaban otros.

     Estos nómades de la modernidad ya no enfrentan los mismos problemas de aquellos pastores que en la antigüedad arreaban sus animales para encontrar nuevos pastos. Entonces, los pueblos sedentarios, preocupados de sus cultivos,  los miraban con sospecha y los correteaban usando sus herramientas de hierro. Por el contrario, en Penco nadie los rechazaba  así que por un par de días, los gitanos podían bailar y cantar su libertad en suelo pencón.

Friday, October 06, 2017

EL PIPEÑO "CAVERNARIO" QUE VENDÍAN EN PENCO

     
Las "chuicas" en las que también se
vendía el vino pipeño.
E
l escritor penquista Daniel Belmar publicó en 1961 su novela Los Túneles Morados que retrataba la vida bohemia de universitarios en Concepción. Lo de morado se justificaba por el vino tinto. Sin embargo, ese autor no visitó Penco, porque el título de su obra pudo ajustarse perfectamente a la realidad local y en vez de haber narrado la vida de estudiantes pudo ser la de obreros de Fanaloza, de la Refinería o de los mineros de Lirquén.
     En esos años en Penco, Lirquén y Cerro Verde se vendía para el consumo un vino a granel: el pipeño, que recibía el nombre por las pipas que lo contenían, hoy las llaman barricas. El pipeño era un vino bruto, opaco en sus versiones blanco o tinto con aspecto de turbiedad. La borra estaba disuelta así que muchas veces producía concho cuando permanecía un largo rato en reposo. Tampoco se hablaba de las cepas de hoy en día, como por ejemplo, cabernet sauvignon, merlot, carménère. No. Se mencionaba un vino chacolí, un mangarral, un Italia…
     Sin ser enólogo, pero teniendo la experiencia de ese vino, se puede decir que el pipeño es áspero, crudo, de mucho cuerpo, con matices ácidos a veces dulzón, otras algo salobre, sin refinación, en algunos casos chispeante. Si el premio Nóbel Mario Vargas Llosa lo hubiera bebido alguna vez, lo habría llamado pipeño cavernario. Y para qué pensar en la réplica que el peruano habría recibido del rector (UDP) Carlos Peña, para quien "pipeño cavernario" habría sido una tautología metafísica (una redundancia), imperdonable para un Nóbel de Literatura, según él. Ahora, amigo lector, si usted puede llegar a imaginar un vino así, ése era el que se expendía en Penco, en lugares especializados llamados bodegas. Justo es aclarar, sin embargo, que aquel pipeño no tenía nada que ver con el que actualmente se vende para hacer los llamados “terremotos”.
     Y para completar el cuadro, el vino se ofrecía al público en pipas recostadas sobre un encatrado de palos para conseguir un poco de altura. Se les ajustaba una llave de madera hecha en tornos a la que se les daba un par de golpes para conseguir que quedaran bien aprisionadas y evitar el escurrimiento del mosto.
     A pesar de toda esta mala prensa en torno al pipeño --alguna real, otra ficticia--, el consumo de este vino fue casi una religión en Penco. No hubo ser humano en toda la comuna por aquellos años que no hubiera brindado con ese caldo turbio y haya tenido que cerrar fuertemente los ojos y dar en forma involuntaria a lo menos tres tiritones al terminar el último sorbo.    
    


Wednesday, September 27, 2017

AQUELLOS "TRABAJOS NO VOLUNTARIOS" QUE SE CUMPLÍAN EN LA PLAZA DE PENCO

     
Imagen referencial de internet.
     La alcaldía de Valparaíso se propone ofrecerles a detenidos por delitos menores, a través de Gendarmería y de acuerdo con el tribunal, la posibilidad de realizar trabajos voluntarios en favor de la comunidad para conmutar penas o multas. En el caso de ese puerto las labores serían la limpieza de calles y recintos públicos. Sin embargo, es la persona condenada quien finalmente acepta o no la propuesta de cambio de  pena.
     En Penco existió esta práctica allá por la década de 1950, pero estaba acotada a los detenidos por estado de ebriedad en la vía pública o por riñas callejeras. Y al parecer no estaba sujeta a la decisión de un juez de policía local, sino que de los propios carabineros. Ciertamente que el acuerdo era mutuo, al día siguiente de la detención, para cuando a los borrachitos se les había pasado la “mona”.
     Se difundía de boca en boca y en forma muy rápida la noticia de que a algún conocido lo habían visto con un escobillón en la mano limpiando calles cuando aquel no era su oficio ni menos su ocupación habitual. De esa forma los borrachitos recuperados obtenían su libertad luego de haber sudado la gota gorda aseando las calles de Penco, pero enfocados en los alrededores de la comisaría. Sin duda la medida tenía un propósito disuasivo para reducir los casos de  detenidos por consumo excesivo de alcohol en la vía pública. Personas que recuerdan estas conmutaciones de penas, y que fueron consultadas para la preparación de esta  nota,  afirman que “los trabajadores no voluntarios” por lo general hacían el aseo de la plaza pencona y que barrían procurando no levantar sus cabezas. 

Tuesday, September 26, 2017

ESCRITOR LUIS ENRIQUE DÉLANO SE IMPRESIONÓ CON EL MURAL DE CERRO VERDE EN 1952

La pintura de Osvaldo Loyola, en la desaparecida escuela 54 de Cerro Verde. En la foto, además, el profesor Ramón Fuentealba.
La memoria colectiva de Cerro Verde no olvida el imponente mural que lució en una de sus paredes interiores la mítica escuela N°54 que “míster” Campbell (Eduardo Campbell Saavedra) levantó con esfuerzo personal y con la ayuda de la comunidad pencona. Digo memoria, porque la obra pictórica ya no existe. Se perdió por la furia de los terremotos del 21 y 22 de mayo de 1960. La modesta y señera escuelita del villorrio también sufrió la destrucción.

     El mural, una alegoría pictórica de gran formato, fue obra de Osvaldo Loyola, profesor de la Escuela de Artes y Oficios de Santiago, con la colaboración de Humberto Sánchez. Las dos superficies de la pintura cubrían 45 metros cuadrados. Ambos artistas trabajaron durante tres meses en 1951 para su realización. Fue una tarea ad honorem y los materiales los aportó el Sindicato Industrial de Fanaloza.
     El prolífico escritor y periodista Luis Enrique Délano, director de la revista “Vistazo” se refirió a la pintura cuando vino a Cerro Verde en 1952. Parte del texto que escribió en esa revista es el siguiente:
Luis Enrique Délano.
     “Un periodista me habló en Concepción del extraordinario caso de un hombre que en una localidad cercana, Cerro Verde, gracias a su esfuerzo y a las inyecciones de dinamismo, paciencia y esperanza que supo poner a los vecinos, logró obtener para la localidad, una escuela bien montada, alegre y eficaz. Era una crónica de ésas que gustan a los lectores de VISTAZO porque siembran ejemplo y dan optimismo, y una tarde tomé el tren hacia a Penco. Desde allí tuve que seguir a pie por la playa, una playa de arena oscura, llena de sargazos, conchas de mariscos rotas y detritus. Dos kilómetros caminé hasta llegar al villorrio de Cerro Verde, habitado por pescadores, obreros y mineros del carbón. Los primeros como casi todos los del Golfo de Arauco, hacen su trabajo en humildes botes a remo. Los mineros trabajan en Lirquén –otros 2 kilómetros de distancia—y hacen el viaje a pie por la línea del ferrocarril. Las casas son de madera y por la calle principal caminan grises y embarrados los pequeños cerdos que también son comunes a toda la región. No hay pueblo de Arauco y Concepción donde las gentes “no se ayuden” criando chanchos. No es preciso caminar mucho para llegar a la escuela…”
Boceto del mural de la escuela de Cerro Verde.
     “Y esta escuela brotada en un caserío donde no habitan más de dos mil personas tiene sus guapos murales, ni más ni menos que una escuela de México de ésas que se levantaban como por arte de magia, varias cada día, cuando Lázaro Cárdenas era Presidente. Y si las de allá ostentaban pinturas de Rivera, Siquieros, Orozco, Guerrero, Chávez Morado, O’Gormann, Castellanos y Revueltas, la de Cerro Verde tiene dos hermosos paños de Osvaldo Loyola…”

     “…Son 45 metros cuadrados pintados con motivos del mar y de las minas y figuras chilenas, arrogantes, afrontando el futuro con gesto decidido. Inútil decir que los modelos fueron pescadores y sus mujeres, mineros y alumnos de la propia escuela…”  

      El boceto del desaparecido mural existe ¿se atrevería algún artista local o nacional a recrearlo?

Sunday, September 24, 2017

DECENAS DE JÓVENES ESTUDIABAN PARA SUS EXÁMENES EN LA PLAYA DE PENCO


     La enseñanza de entonces se basaba en la memoria, había que memorizar. El registro de lo leído debía quedar grabado. Se valoraba la capacidad y rapidez de respuesta, lo más próximo posible a los textos originales. En aritmética, por ejemplo, había que saberse las tablas de multiplicar hasta el doce. En estos entrenamientos para agilizar la memoria y obtener respuestas certeras a buena velocidad, el profesor usaba una pelota. La dirigía hacia un alumno tal, lo nombraba, éste la atrapaba en el aire y venía la pregunta: “¡siete por ocho!”. Respuesta inmediata: “¡cincuenta y seis!”.  “Muy bien, López”, por ejemplo. Y el alumno López devolvía la pelota al profesor, quien a su vez la lanzaba en otra dirección. Y así.

     Ésas eran técnicas empleadas en la sala de clases para poner a prueba la memoria. Por tanto el alumno tenía que memorizar y conseguir que su cerebro diera respuestas automáticas. Por eso, hacia fin de año, cuando se acercaba la época de exámenes, los alumnos preocupados estudiaban en los lugares clásicos de Penco, en la plaza y en la playa. Para tal fin se levantaban muy temprano. Iban allí con sus cuadernos o sus libros y leían en voz alta, caminando. Era como recitar. Repetían lo leído, alunas veces a ojos cerrados o mirando al cielo.

     Como eran tantos los jóvenes que se veían en actitud de estudio, a veces pasaban muy cerca unos de otros así que era posible escuchar lo que hablaban para sí mismos en voz alta. Unos se acercaban a la orilla del mar y hacían dibujos sobre la arena húmeda de memoria sobre gráficas de partes del cuerpo humano. Algunos anotaban ecuaciones o los nombres de los elementos químicos de la tabla periódica. Los menos copiaban fórmulas físicas; más allá se veían grandes corazones con nombres y flechas atravesadas. Los jóvenes usaban la orilla, con su arena fina y mojada, como un pizarrón para verificar lo aprendido o dejar mensajes amorosos.

     Cuando el sol comenzaba a iluminar de lleno la playa, los estudiantes poco a poco se retiraban a sus domicilios, a tomar un desayuno. En la arena quedaban los dibujos de biología, las fórmulas y ecuaciones, las tablas periódicas, los corazones y los nombres de los enamorados; anotaciones que el suave oleaje de la marea pencona pacientemente se encargaba de borrar.