Sunday, April 09, 2017

EL REMEDIO PARA EL ESTRÉS QUE RECETÓ UN BIBLIOTECARIO

El rector del Liceo Enrique Molina Garmendia de Concepción entonces era el profesor de biología señor Luis Céspedes, un hombre bajo de estatura, delgado, de frente amplia y una gran personalidad. En el otro extremo del organigrama del establecimiento estaba el encargado de la biblioteca, un hombre mayor, sonriente y de aparente gran dominio sobre los volúmenes que estaban a su cargo.
Un viernes en la tarde, con ganas de irme luego a mi casa en Penco, pasé a la biblioteca a retirar un libro para una tarea que debía presentar el lunes. Había un mesón largo y al otro lado, los estantes con los libros, una escalera de tijeras para acceder a los que estaban más altos, un piso y nada más. El grueso de los alumnos se había retirado, así que yo debía ser el último cliente que se apersonaba allí con mi solicitud. El bibliotecario me saludó y estaba a punto de atender mi pedido, cuando me di cuenta que miró hacia la puerta por encima de mi cabeza. Sentí unos pasos primero y después un cortés buenas tardes. Quien había llegado era el mismísimo rector, señor Céspedes.
Por cierto que el bibliotecario se olvidó de mi pedido y se dispuso a atender al rector. “Señor Céspedes, en qué puedo ayudarlo”, le dijo solícito el encargado desde detrás del mesón. “Mire, es que quiero descansar este fin de semana. Estaré en el campo y me gustaría leer algo no complicado y que me entretenga después del almuerzo”, le dijo el profesor con aire de apurado (la verdad es que él siempre se veía así). La pregunta la formuló como alguien angustiado que recurre a un médico en la esperanza de que le recetaran un medicamento. Pues bien, la solicitud y la urgencia complicaron al bibliotecario quien debía dar una respuesta eficaz, rápida y además disponer del libro que eventualmente ofreciera; no fuera cosa que no estuviera en su casillero, por ejemplo. Junto con ello su propuesta tenía que ser novedosa que el señor Céspedes no conociera o hubiera leído ya. ¡Buen problema para un viernes! debió quejarse para sus adentros el bibliotecario.

Enfrentado a este asunto, meditó un poco, mientras el rector miraba su reloj. Había dejado su porta documentos sobre el mesón. Entonces, el dependiente pareció tener la respuesta. “Ya sé lo que le facilitaré”, le dijo y caminó por los pasillos interiores en busca del libro. Regresó a los pocos segundos y le extendió un volumen al rector. Y le dijo: “Este libro lo he leído un par de veces, por lo entretenido. Está muy bien escrito y se lo lee en una tarde, señor Céspedes”. Esperando haber dado en el clavo y frente al jefe, el bibliotecario giró la cabeza y me miró a mí, sin duda, porque necesitaba un aliado en esa situación… “Y de qué trata este libro, recuerde que no quiero problemas, que ya tengo bastantes”, le dijo con algunas dudas y el ceño fruncido el rector. “Bueno, es un cuento de marineros en el litoral central de Chile y del ingenio para saciar el hambre por parte del protagonista”, resumió a buena velocidad entusiasmado el bibliotecario. En ese momento, me di cuenta que ambos me miraban con cara de interrogación. “Debe ser bueno este libro, ¿verdad?”, me preguntó directamente el rector considerándome ya parte de la conversación. “Sí, profesor”, le dije arriesgando con mi respuesta que el libro no le agradara. Pero, por el momento había quedado bien con el bibliotecario…

Pensé que el error fue ofrecerle un solo libro, cuando el bibliotecario le pudo pasar a lo menos cuatro, porque el maletín del señor Céspedes era grande y se veía vacío. Así que con mucho esmero el rector guardó la novela de Manuel Rojas “El Vaso de Leche” en su porta documentos, se despidió y se retiró.

COMENTARIO:

¡Qué tiempos aquellos!
Hermoso relato, pero quiero precisar y aportar información.
El nombre del rector era Ezequiel Céspedes Galleguillos, el "Pato" Céspedes que llegó a Concepción luego de ocupar el mismo cargo en los liceos de Limache y Los Andes. Como lo recuerdas tenía mucha personalidad y llegaba a la sala junto a un auxiliar que le traía el libro de clases. Era muy elegante y destacaba por sus ternos cruzados y abrigos entallados y de fino casimir. Fue profesor mío en 2° de humanidades y con mis ex compañeros siempre lo recordamos por sus clases acerca de los protozoos. Fue rector entre 1962 y 1965. Como dato, el vicerrector de la época era don Luis Rivera Gajardo.

El bibliotecario era el profesor Cerda, que compartía esta tarea con sus clases de francés. Era un gran conversador y cuando uno le pedía un libro debía soportar unas latas interminables para luego llenar una orden de salida del ejemplar que él guardaba celosamente en un archivador. Saludos, L.S.M.

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