Friday, October 06, 2017

EL PIPEÑO "CAVERNARIO" QUE VENDÍAN EN PENCO

     
Las "chuicas" en las que también se
vendía el vino pipeño.
         E
l escritor penquista Daniel Belmar publicó en 1961 su novela Los Túneles Morados que retrataba la vida bohemia de universitarios en Concepción. Lo de morado se justificaba por el vino tinto. Sin embargo, ese autor no visitó Penco, porque el título de su obra pudo ajustarse perfectamente a la realidad local y en vez de haber narrado la vida de estudiantes pudo ser la de obreros de Fanaloza, de la Refinería o de los mineros de Lirquén.
             En esos años en Penco, Lirquén y Cerro Verde se vendía para el consumo un vino a granel: el pipeño, que recibía el nombre por las pipas que lo contenían, hoy las llaman barricas. El pipeño era un vino bruto, opaco en sus versiones blanco o tinto con aspecto de turbiedad. La borra estaba disuelta así que muchas veces producía concho cuando permanecía un largo rato en reposo. Tampoco se hablaba de las cepas de hoy en día, como por ejemplo, cabernet sauvignon, merlot, carménère. No. Se mencionaba un vino chacolí, un mangarral, un Italia…
                   Sin ser enólogo, pero teniendo la experiencia de ese vino, se puede decir que el pipeño es áspero, crudo, de mucho cuerpo, con matices ácidos a veces dulzón, otras algo salobre, sin refinación, en algunos casos chispeante. Si el premio Nóbel Mario Vargas Llosa lo hubiera bebido alguna vez, lo habría llamado pipeño cavernario. Y para qué pensar en la réplica que el peruano habría recibido del rector (UDP) Carlos Peña, para quien "pipeño cavernario" habría sido una tautología metafísica (una redundancia), imperdonable para un Nóbel de Literatura, según él. Ahora, amigo lector, si usted puede llegar a imaginar un vino así, ése era el que se expendía en Penco, en lugares especializados llamados bodegas. Justo es aclarar, sin embargo, que aquel pipeño no tenía nada que ver con el que actualmente se vende para hacer los llamados “terremotos”.
                    Y para completar el cuadro, el vino se ofrecía al público en pipas recostadas sobre un encatrado de palos para conseguir un poco de altura. Se les ajustaba una llave de madera hecha en tornos a la que se les daba un par de golpes para conseguir que quedaran bien aprisionadas y evitar el escurrimiento del mosto.
                          A pesar de toda esta mala prensa en torno al pipeño --alguna real, otra ficticia--, el consumo de este vino fue casi una religión en Penco. No hubo ser humano en toda la comuna por aquellos años que no hubiera brindado con ese caldo turbio y haya tenido que cerrar fuertemente los ojos y dar en forma involuntaria a lo menos tres tiritones al terminar el último sorbo.  

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