Tuesday, February 06, 2018

UNA ACTIVIDAD DE FANALOZA QUE PUDO SER BUEN REMEDIO PARA EL ESTRÉS

A la izquierda, el edificio de la administración y más a la derecha,  parte de los muros donde se destruía la loza no comercial. Nada de lo de esta imagen existe hoy. (Foto de Andrés Urrutia Riquelme, 2011.)


          La palabra estrés en Penco no se conocía, pero sí su manifestación. Se decía que fulano de tal “estaba enfermo de los nervios”. Y las causas eran las mismas de hoy en día: deudas, problemas familiares, urgencias, preparar exámenes o falta de recursos. Los afectados padecían de ansiedad, irritabilidad, insomnio. El mal era como si dentro de cada cual hubiera una fuerza enorme haciendo presión para estallar por cualquier lado. Difícil de tratar atendiendo a sus causas, así era la enfermedad de los nervios. La curiosidad de esta historia que viene al caso era que había una conexión, muy sutil, entre este síndrome y la industria locera pencona. Veamos.
          En las dependencias de Fanaloza que se demolieron después del terremoto del 27 f en la calle Infante entre Freire y Cochrane, estaba la sección decorado donde laboraban conocidos artistas pencones. Baste nombrar a Heriberto Ramos, Hugo Pereira, “el patilla” Urrutia, entre otros. Por la fineza del trabajo a mano alzada, los errores que se cometían eran muchos. Por tanto, había que descartar aquellas piezas de loza. Con el paso de los días eran cientos y miles las tazas y platos que no pasaban la prueba de calidad para ir a la venta. Por tanto se iban amontonando en una bodega cuyo muro corta fuego daba a la calle Infante. El material de desecho acumulado lo retiraban camiones que iban a botarlo a cualquier parte.
          Sin embargo, esa loza “mala” antes de ir a la basura debía ser destruida. Para cumplir ese propósito la jefatura destinaba obreros no especializados para que quebraran los productos con fallas: platos, tazas, ceniceros, floreros, biscochos... ¿Cómo se las arreglaban estos trabajadores para hacer pedazo tanta loza? Pues, la iban arrojando violentamente contra el muro que daba a calle Infante. El boche de la quebrazón se oía por horas de horas. Sonaba como si una vajilla interminable se estuviera haciendo añicos.
          Había gente en Penco que decía, medio en serio medio en broma, que esta actividad era buena para la salud, relajaba y que servía para combatir el estrés. Quienes lanzaban los platos con fuerza contra el frontón  decían los vecinos buenos para hacer este tipo de análisis podían imaginar que se los estaban lanzando a su peor enemigo, al almacenero usurero de su barrio, al jefe, al chofer de la micro, al árbitro, al sinvergüenza tal o cual, al "patas negras" y a quien usted, lector, quisiera agregar a aquella lista despreciable y aborrecible. Nada mejor para un enrabiado obrero, enfermo de los nervios, que ser destinado a esta función demoledora.

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